Diario de León
Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retamas. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos los pájaros y las fuentes! Tiene que ser el fin del mundo, si avanzamos».

Son versos de homenaje. Aliados del dolor y la intemperie de los desposeídos. Son versos que tributan en favor del recuerdo y a favor de lo intenso e importante.

Hace pocos días recordábamos el día de la muerte de Arthur Rimbaud y hoy, con sus versos, recordamos la tristeza de los muertos en Filipinas.

Uno no acaba de creerse (ni siquiera de entender) esas cifras tan descomunales de muertos, y que no obstante, el mundo pueda seguir girando sin una condolencia universal. Son más de diez mil muertos. ¡Diez Mil! Se nos pone la piel de gallina cuando escuchamos que mueren seis o diez personas en la ciudad de al lado. Pero a veces convivimos con la macabra naturalidad de las muertes en masa de hombres, niños y mujeres que apenas pudieron hacer nada en contra de los elementos. Una pequeña idea del dolor (y no obstante suavizada prudentemente) nos la podemos hacer viendo la película Lo imposible del director Juan Antonio Bayona en torno a la tragedia del tsunami vivido en el 2004 en Tailandia.

Y sin embargo… seguimos sin dolernos lo suficiente. Seguimos sin empatizar con los más de setecientos mil heridos en esta tragedia, seguimos sin reconocer el peligro que corren más de un millón y medio de niños en la zona, con riesgo a sufrir el tráfico de menores en una situación de caos tan grande.

La ONU ha reconocido la vinculación del cambio climático con este tifón de clase cinco (la categoría más alta) en Filipinas. Reconoce que parte de esos veintidós tifones de media que sufre el archipiélago filipino al año (es insostenible ese poder destructor cada año) son resultado directo del calentamiento global generado por los países que «disfrutan» de los avances económicos a costa del CO2 emitido.

Si la décima parte de muertos se hubiesen generado en nuestra tierra, tal vez el grito lo pondríamos mucho más elevado, pero lamentablemente, las consecuencias de nuestra contaminación no es meramente local, sino global, y la sufren a miles de kilómetros decenas de miles de familias que nada pueden hacer en favor de una conciencia más ecológica, sostenible y responsable con la vida humana.

Cuando abogamos por energías limpias, al precio que sea, no es otro que el precio de la vida, que debería estar muy por encima del de cualquier fajo de billetes. Por eso, si realmente asumimos nuestra parte de culpa, no dejaremos de pensar en esta reconversión de hábitos, en esa inversión en favor de lo sostenible y, en estos momentos tan críticos, en una aportación (sea la que sea siempre será mejor que nada) a las ongs (Acnur, Unicef, Médicos sin Fronteras, etc.) que están operando ahora en Filipinas, intentando salvar vidas humanas, así, con todas las letras y órganos.

En nuestra conciencia está intentar paso a paso el cambio. En nuestra cartera, dar un pequeño aliento de vida a personas que ya apenas lo mantienen.

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