Diario de León

CRÍTICA DE TELEVISIÓN

El principio del fin

Publicado por
javier martín domínguez
León

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En un tiempo de ritos perdidos o cuestionados, nos aferramos al ritual de despedir un año y abrazar otro nuevo rememorando al ave fénix. Nos tomamos las doce uvas, en un episodio glotón de llevarnos lo último a la boca antes de que todo acabe, cuando de repente, como dentro de nada, las uvas se hacen burbujas de gran vino para animar el futuro por descubrir. Doblan las campanas con su último aliento anual, y fervorosos nos metemos en la boca el dulce manjar saboreando los deseos. Es el rito por antonomasia, vivido vía televisión, que culmina así su año con el programa de más contactos y mejores tarifas publicitarias. Estamos los españoles entre los más originales en este acto doble de despedida-bienvenida, gracias a las uvas, más que al reloj, aunque el de la Puerta del Solo brille más que otros. Sabemos que son importantes en la estructura de la vida los ritos de paso. Pero en esta sociedad secular cada vez quedan menos marcadas con calendario y rutinas. Por eso este es de obligado cumplimiento y disfrute.

Acabamos un camino y emprendemos otro con la zozobra de cómo nos vendrá. Ahora que los clásicos vuelven a casa por Navidad, desde el sólido Espartaco de Kubrick a la relamida nostálgica de Raphael, quiero recordar al Robert Graves de Yo, Claudio , probablemente la serie más universal. Graves concibió el libro en su casa mallorquina de Deyá, donde cada verano montaba una obrita de teatro como referencias a lo acaecido en la estación con los nuevos visitantes. Aquel año, Alec Guinness estaba en la isla y tras varias peticiones accedió a participar en el teatrillo de los Graves en la finca de Canellún.

La obra se tituló La llegada de Godot , y Guinness puso como condición para actuar que su texto fuese de una sola palabra. Todos los espectadores estaban ansiosos por saber qué diría Godot revelando el futuro becketiano. «¿Tanto tiempo esperándote, qué tienes que decirnos?» Y Alec Guinness respondió: «Nada».

Esperamos pues a que termine el año para convertirle en una nada con sabor a uva y dindón, y colocarnos ante la nada de otro año por escribir.

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