Chicote
Crítica de televisión yolanda veiga
Antonio no necesita la ayuda de Alberto Chicote ni su receta secreta del salmorejo. Antonio lo que necesita es el rescate urgente de Pedro Aguado. Ya advirtieron en La Sexta que regresaba la temporada más ‘heavy’ de Pesadilla en la cocina , pero se han quedado cortos. El lunes el chef bravucón de la tele se quedó sin argumentos en la cocina de ‘Taberna la Concha’, que regenta el tal Antonio. No es que al hombre le falte mano izquierda, es que lleva el negocio con los pies... a patadas, vaya. Y a puñetazos cuando hacen falta más manos. Llegó Chicote con chaqueta nueva (la más bonita que ha sacado, por cierto) y a punto estuvo de salir corriendo. Porque en el local de Antonio no es que la comida esté regular (según Chicote todo sabe a mierda, en ese local y en todos, lo que parece un poco exagerado), el que está regular es el jefe. Se encontró el chef madrileño impotente ante semejante miura, un tipo capaz de arruinar el negocio más boyante con esos arrebatos repentinos que acababan siempre de la misma manera, con una ruidosa ‘espantá’. ‘Pesadilla en la cocina’ nació con la pretensión de salvar negocios al borde del cierre. Pero quizá lo mejor que le pueda pasar a Antonio es que el local quiebre y él se dedique a otra cosa que le genere menos estrés y donde, por lo menos, no tenga a nadie a su cargo, por su bien y por el de los demás. Hay que reconocer que las imágenes de cucarachas correteando por los bajos de las neveras y los gritos de los jefes desquiciados (y desquiciantes) aportan jugosos nutrientes a la receta de Pesadilla en la cocina. Pero si el programa se queda solo en la capa de grasa que chorrea por las paredes y en los conflictos del personal dentro de la cocina descuidará el objetivo principal, que es sacar aquello adelante.
Chicote tendría que ser un poco más selectivo a la hora de sentarse a la mesa. Seguro que no faltan en España restaurantes con problemas reales y soluciones factibles. Lo otro es puro (y duro) ‘reality show’.