Diario de León
Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Cuando lo humano se preocupa de lo ajeno a su ser, de lo externo a la propia vida, la circunstancia irracional cobra la importancia de un monumento de sal en la garganta de los pueblos con sed.

El dolor que se abre desde hace tantas décadas entre los pueblos de Israel y Palestina, entre sus ideas y deidades, entre sus razones y sus tragedias convertidas en razones de peso y sangre, han llevado a pueblos viejos y con tradición en la pobreza y el desarraigo impuesto, a luchar por algo tan parcial como el lugar de dios; olvidándose de que la libertad reside en la propia vida.

Gassan Kanafani, el joven intelectual palestino muerto a manos de la mosad ya hace más de cuarenta años, defendió con palabras su parte: «Si una fuerza carece de argumentos y razones y no se asienta sobre las bases de la lógica y la verdad, siempre estará temblorosa como una hoja amarillenta en medio de los vientos y de los atardeceres otoñales. Da lo mismo lo bruta que sea esa fuerza y lo infinitos que sean sus poderes... Se sentirá indefensa ante la palabra valiente y la lógica certera».

Hace tiempo que aprendí que en este conflicto entre Israel y Palestina no existen los «buenos» y los «malos» en términos absolutos. Palestina está comandada por un grupo terrorista que tiene a su pueblo sumido en el caos por su imposibilidad de negociar, comprando a familias con salarios públicos que ya ni llegan y derrochando una imaginación cruel en su artefacto propagandístico para que las esperanzas de un pueblo que anhela la libertad no desfallezcan. Cuentan cómo se bombardea y diezman a Israel cuando la verdad es que los daños a este pueblo son más que ínfimos.

Israel por su parte, vive la constante amenaza del totem islamista que perpetua su idea de aniquilar al pueblo sionista. Se saben en continua amenaza por un pueblo enorme —el del Islam, no el palestino— que no teme morir por derrotar al infiel (bendita perdición la religión que insta a quitarse la vida y la de otros sin más motivo que alegrar a quienes interpretan la palabra de Alá).

Pero después de saber que ambos pueblos esgrimen sus verdades, como quien cultiva el maná con denominación de origen propia, nos debemos a una verdad que doblega toda excusa parcial. La reacción del poderoso, la catástrofe generada por Israel, no tiene justificación de estado. Tan sólo puede entenderse desde la rabia incontrolada de un gobierno cruel. Todos sabemos de la responsabilidad que requiere ser el portador de la fuerza...

Estoy seguro que si la fuerza recayese sobre el gobierno palestino, las matanzas serían las mismas y con la misma falta de escrúpulo, pero la realidad es que quien tiene el poder de reprimir la masacre, quien tiene la obligación moral de no acudir a la provocación y mirar de una manera más global, es el gobierno de Israel; y él, y no su pueblo, es quien ha de ejercer la contención y no la ira como método de freno a esta oleada genocida.

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