Diario de León
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Crítica de televisión mikel labastida

Atresmedia inició hace unas semanas una campaña en contra de las descargas en Internet y a favor de la propiedad intelectual. El anuncio, lo habrán visto, dice que cada vez que alguien baja contenidos culturales sin pagar o sin permiso de sus autores colabora en la desaparición de muchos puestos de trabajo. El grupo de comunicación entraba así en el debate de la piratería, sin nombrarla (por cierto) y buscando responsabilidades solo en una dirección (por cierto, también). Teniendo en cuenta la complejidad de este asunto, que ha transformado el panorama audiovisual en los últimos años, y dada la cantidad de aristas que hay respecto al tema, no puede sino parecerme simplista poner el dedo acusador únicamente encima de los que descargan contenidos en casa. Descargas, por cierto, que se hacen a través de un servicio de internet del que nadie dispone de manera gratuita. Pero este dato es espinoso para plantearlo en un anuncio de televisión. Es más sencillo buscar al culpable más débil y ese es el espectador.

El problema de la piratería (que merece un debate, sí, y soluciones realistas y efectivas, también) es demasiado complicado como para tratarlo en un spot de treinta segundos o en un artículo de 40 líneas. Pero puestos a hablar del respeto, de la defensa y de dar valor a la propiedad intelectual, Antena 3 podría empezar barriendo en casa porque el destrozo que han hecho con la serie Broadchurch es de juzgado de guardia. Hay muchas maneras de atentar contra la propiedad intelectual y una de ellas es deformando y maltratando la obra para satisfacer determinadas necesidades de programación. Lo que los creadores concibieron como una serie de ocho capítulos de 45 minutos duración, Antena 3 lo ha transformado en cinco episodios de algo más de una hora, cortando por aquí y quitando por allá. Broadchurch tardó en estrenarse año y medio en España, para luego despacharla en cinco semanas y de cualquier manera. Quizá podrían pensar en estas acciones, que faltan el respeto a los autores y a los consumidores, la próxima vez que vayan a realizar una campaña pidiendo respeto a los demás.

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