Diario de León

Reportaje | antonio paniagua

La vida exagerada de Perico Vidal

Marcos Ordóñez recrea la biografía del amigo íntimo de David Lean y Sinatra.

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El nombre de Perico Vidal se pierde en las brumas de noches de jazz, vapores etílicos y placeres venéreos. Su nombre es un desconocido para el gran público, pero es una figura imprescindible para el cine. No en balde fue el ayudante de dirección de Orson Welles, la mano derecha de David Lean, hermano del alma de Frank Sinatra y testigo de las desmesuras de Ava Gardner. Si Galdós dijo que todo hombre lleva una novela dentro, Perico Vidal portaba cien. El periodista y crítico teatral Marcos Ordóñez ya ha escrito una magnífica, Big Time: la gran vida de Perico Vidal (Libros del Asteroide), un documental narrado en el que recrea la vida de este hombre apasionado, en cuya vida se resume el cine de las grandes superproducciones de Hollywood y de las películas de los estudios Bronston en España.

Para hacerse una idea del currículum de Vidal -también conocido como Toto o míster V- basta con enumerar algunos de sus méritos. Debutó con Welles en Mr. Arkadin, trabajó con Mankiewicz en De repente el último verano y se convirtió en el hombre de confianza de David Lean para rodar Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago o La hija de Ryan. Vidal comenzó a estudiar Derecho, carrera que dejó colgada porque, cuando se encontró a sí mismo, se dio cuenta de que lo que más le gustaba ser era un bala perdida. Nunca pensó dedicarse al séptimo arte, pero acabó siendo, además de ayudante de dirección, encargado de cásting y negro. No solo porque vendió su talento a hombres que firmaban como propios guiones que no eran suyos, sino porque, como Tete Montoliu, quería ser negro. Casi lo consigue porque vivió a sus anchas en Harlem, cuando entrar en un garito de mala muerte teniendo pigmentación blanca no auguraba nada bueno. A Montoliu, que tenía un sexto sentido para saber de qué color era la tez de un saxofonista de jazz oyéndole tocar, le gastaba bromas: «Como eres ciego, no te das cuenta de que no eres negro», le decía a quien Lionel Hampton llamó «el mejor pianista de jazz de Europa».

En la España gris y aburrida de la posguerra, Vidal se lo pasó en grande. Primero en Barcelona y luego en todo el mundo. En la capital catalana, en 1955, se las apañó para que Louis Armstrong diera cuatro conciertos en el cine Windsor Palace. También conoció a Miles Davis, un genio en lo tocante la música y «un bicho y un absoluto dictador» en el trato personal, sobre todo con los miembros de su banda.

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