Rosco
Crítica de televisión yolanda veiga
Va ganándose un hueco entre los grandes nombres de los concursos Christian Gálvez. No reparte tanto dinero como dieron Joaquín Prat y José Luis Pécker en ‘Un millón para el millón’ (imagínense, un millón de pesetas a finales de los años 60...), ni levanta la ceja como Carlos Sobera, ni tendrá una carrera tan larga como Jordi Hurtado, pero hay que reconocerle que lee muy rápido y lee muy bien.
Pasapalabra acaba de cumplir 2.000 programas y fácilmente llegará al doble. El concurso de tarde de Telecinco no solo no tiene competencia, es también el mejor aliado de Pedro Piqueras, que le debe a Gálvez buena parte de la parroquia que congrega en sus noticias de la noche.
A la celebración han invitado a los mejores concursantes, gente que conoce palabras rarísimas y que ha conseguido hacer del diccionario un entretenimiento mayúsculo.
Como cuando Constantino Romero nos dejaba hipnotizados con el espectáculo de las enciclopedias. El tiempo es oro tenía toda la audiencia porque no había nadie que le hiciera sombra y Christian Gálvez no la tiene toda pero sí la más grande.
Pasapalabra convive en perfecta armonía con ese Gran Hermano donde la gente dice cosas como: ‘Es una gran actora’ (y lo dice dos veces, para susto de la Milá), o esos adanes y evas que han hecho de la estupidez (¿qué es el Manzanares?) casi una virtud. Hubo una vez en televisión un programa de listos contra tontos. Los primeros llevaban unas gafas de las que ya no se fabrican (no se fabricaban ni siquiera entonces) y les ridiculizaban constantemente haciéndoles superar pruebas físicas como pasar por un agujero por el que no cabían.
Los otros no llevaban gafas y eran tan tontos como para confundir a María Teresa Fernández de la Vega con la Madre Teresa de Calcuta. Los primeros han tenido poco recorrido, pero los segundos han colonizado la pantalla: Mujeres, hombres y viceversa, Un príncipe para Corina, Adán y Eva... En esta televisión que premia tan generosamente la ignorancia, el grito y el culo al aire es fantástico encontrarse a gente capaz de comerse un rosco.