Diario de León

INVESTIGACIÓN

Platero trota en Astorga

Un burro, en Astorga

Un burro, en Astorga

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JUAN CARLOS LEÓN BRÁZQUEZ / Periodista, escritor y bibliógrafo
León

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El burrito que inmortalizó el poeta Juan Ramón Jiménez se ha hecho presente en Astorga, a través de una colección de 200 ediciones expuestas en la Biblioteca Municipal, para recordar aquel viaje con escala en León, que en los años treinta hiciera Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí, después de que el hermano de esta, José Camprubí (director del diario La Prensa, de Nueva York) les regalase un automóvil Ford, con el que el periodista había visitado España, aprovechando las Exposiciones internacionales de 1929, en Barcelona y Sevilla.

Platero es el nombre de un burro entrañable, incorporado al mundo de la fantasía, a través de un escritor convertido en Premio Nobel, gracias a la delicadeza que atesora su libro y que durante generaciones ha hecho las delicias de chicos y grandes, convirtiendo aquella obra provinciana en una obra universal, lo que dice mucho de su enorme calidad artística, pareja a los sublimes sentimientos que la obra transmite.

El poeta, Premio Nobel de Literatura en 1956, se acerca ahora a tierras leonesas a través de las portadas, textos e ilustraciones de una obra convertida en todo un clásico de la literatura universal. De hecho, acudiendo al tópico, Platero y Yo es tras la Biblia y El Quijote, la obra literaria más editada, traducida e ilustrada. No en vano, son ya 50 lenguas —la última, el quechua— las que comparten ese encuentro entre el hombre y un fiel burrito plateado, repasando la vida rural de un pueblecito onubense, como era Moguer en los inicios del siglo XX.

En Astorga estará hasta el próximo 3 de mayo no solo un centenar largo de ediciones españolas, desde la primera completa de 1917, sino una selección de ediciones en español editadas en varios países iberoamericanos, especialmente Argentina y México; o la edición de la Once en Braille para ciegos, o un DVD editado para sordos; o ediciones en esperanto, turco, polaco, sueco, alemán, inglés, italiano, francés, holandés, hebreo, portugués y japonés; además de ediciones en vasco, catalán, gallego y ediciones especialmente diseñadas y dirigidas al público más infantil.

Y sin embargo, a pesar del éxito de este libro entre los más pequeños de todo el mundo, Juan Ramón —tal como él mismo dice— nunca quiso escribir un libro para niños, aun cuando hayan sido cientos de miles, millones de niños, los que se han acercado a la literatura a través de esa relación de amistad entre un hombre y un animal, ajenos al devenir de la historia, desde la contemplación de la naturaleza y la vida a través de la más sencilla cotidianidad. Sin embargo, cuando a Juan Ramón le pidieron una selección de lo que estaba escribiendo, para una colección literaria juvenil, surgieron esos 63 capítulos iniciales de una obra que él rápidamente se encargó de desmentir que la hubiera escrito para niños y que aparece como nota aclaratoria en numerosas ediciones: «Suele creerse que yo escribí Platero y Yo para los niños, que es un libro para niños. No, en 1913, ‘La Lectura’, que sabía que yo estaba con ese libro, me pidió que adelantase un conjunto de sus pájinas más idílicas para su Biblioteca de Juventud. Entonces, alterando la idea momentánea escribí un prólogo».

Ese prólogo, de la edición de 1914, es el que ha llevado a la confusión al titularlo a propósito «Advertencia a los hombres que lean este libro para niños». Y como decía el propio JRJ, «ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!». Esto ha hecho que Platero y Yo se encasille como una obra infantil y juvenil, cuando su amplio contenido nos dice otra cosa, por debemos insistir en la advertencia del prologuillo escrito por el propio Juan Ramón: «Suele creerse que yo escribí Platero y Yo para los niños. ¡No!». En efecto, queda claro que es un texto para adultos cuando nos encontramos la edición completa de 1917. Es ahí cuando se entiende el sentido y significado conjunto que JRJ había dado a su obra más conocida. Seguía siendo una obra sencilla y transparente, pero la temática de algunos capítulos abundaban en la fobia del poeta hacia procesiones, militares, corridas de toros, peleas de gallos y mandamases de una sociedad reducida en el espacio-tiempo de su Moguer.

De aquellos iniciales 63 capítulos más suaves, pasó a 138, que incluso pretendió ampliados hasta los 190 capítulos, en un proyecto abortado en el que quiso hacer una revisión, con una segunda parte de la obra y hasta una tercera, que nunca finalizó. De hecho se sintió decepcionado cuando vio la edición corta, o «menor» como él mismo la definió, que publicó la editorial La Lectura. No estuvo de acuerdo, ni en el título, ni en la tipografía, ni en las ilustraciones de Fernando Marco, ni en la portada toda llena de rosas. Sin embargo, lo peor fue cómo el editor de La Lectura lo engañó con un contrato leonino para lanzar 3.000 ejemplares en la Colección Biblioteca Juventud, por la que solo le pagó 500 pesetas de entonces (3 euros) y, además, se quedó con los derechos de la obra, lanzando de forma paralela una edición en El Libro Escolar, con una portada diferente y más sobria. El poeta y el editor mantuvieron un enfrentamiento, que se saldó con un acuerdo, por el que el poeta recuperó sus derechos por el libro, lo que le permitió editarlo en su versión completa que había terminado para 1917, cuando fue publicada por la Editorial Calleja. Aquellos proyectos de ampliar Platero y hacer una segunda parte nunca se consumaron.

Rompedora en lo literario, bajo el manto de realizar una extraordinaria prosa poética y en la visión de una crítica social contenida en un texto sincero y directo de la vida real que Juan Ramón sintió y vivió en su pueblo. Eso tendría enormes consecuencias para un poeta exiliado que nunca regresó vivo a España. A Juan Ramón siempre le persiguió su fama de «raro», simplemente porque su aspecto y carácter navegaban a contracorriente en una España atrasada, radicalizada y poco tolerante.

Él se sentía profundamente republicano y le llevó a apoyar a la República de todas las formas. Por eso, cuando el presidente Azaña lo envió de agregado cultural a la embajada en Washington, Juan Ramón no paró de dar mítines, escribir artículos y recoger donaciones para la causa republicana. No se lo perdonaron y nada más entrar las tropas de Franco en Madrid, tres conocidos escritores falangistas (Carlos Sentís, Carlos Martínez Barbeito y Félix Ros) saquearon su casa llevándose manuscritos, libros y otros objetos personales de Juan Ramón. Luchó el poeta por recuperarlos y tanto Martínez Barbeito como Ros, devolvieron parte de lo robado, pero Sentís siempre se negó a reconocer su participación en el expolio. Se perdieron cosas, como el retrato que en 1916 le hiciera el pintor Vázquez Díaz, que nunca fue recuperado, o el diario de Marga, la escultora que se suicidó con 22 años por el amor no correspondido del poeta. Un diario que hace muy poco ha visto la luz gracias a que, una vez recuperado, la familia ha tratado de cumplir la voluntad de Zenobia-Juan Ramón.

¿Y qué ocurrió con Platero y Yo? El régimen no podía tolerar que el burrito se metiese ni con los militares, ni el alcalde, ni el maestro, ni la religión. El libro fue considerado pernicioso y se retiró de las Escuelas y las Bibliotecas Públicas. Un libro en la trastienda de la cultura española, mientras que las ediciones se multiplicaban en América. Todo cambió cuando en 1956 el andaluz universal obtuvo el Premio Nobel. Poco a poco el libro volvió a marcar a las nuevas generaciones de poetas. El propio biógrafo juanramoniano, Francisco Garfías, reconocía que «Platero no es un libro blando, sino todo lo contrario…Libro fustigador, social en el sentido más hondo, restallante, violento en ocasiones, impregnado siempre de sentimiento noble ante el dolor del mundo».

Platero y yo es la obra más conocida y leída del poeta moguereño, cosa que no agradaba a Juan Ramón, quien se quejaba de que su obra era más extensa e importante de lo que representaba el libro sobre Platero, un burro que son varios burros, un animal habitual en el campo andaluz de la época. Ahora, cien años después, lo leamos como lo leamos, con alma de niño o con razón de adulto, apreciaremos los valores del espíritu y de la propia poesía, llena de una calidad artística que ha trascendido al tiempo y culturas, porque no cuesta identificarse con ella. Nunca como en Astorga se han expuesto tantos Plateros, un libro convertido en una obra maestra universal. Un delicado libro que representa el mejor ejemplo de la libertad que Juan Ramón nos transmite a través del vínculo ético que establece con los seres que le rodean. Si Platero y Yo fue en un tiempo silenciado, hoy habrá que recordar las palabras de Eugenio D´Ors: «Los niños adorarán Platero y Yo, porque no ha sido escrito con premeditación para ellos».

Juan Carlos León Brázquez

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