Diario de León
Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Lo contrario al amor no era la muerte. Tantos siglos, milenios equivocándonos... tantas vidas generosamente entregadas a Tánatos sin saber que no eran suyas esas ofrendas... Quiero pensar que ahí radica el problema. Quiero frivolizar con la muerte porque otro sentido a la barbarie no le puedo dar. Cada vez que un hombre mata a su pareja por desamor, celos, falta de autoestima o vete tú a saber qué más excusas, quiero creer que la ignorancia ha podido en el amasijo de músculos sin cerebro.

Si no me equivoco, llevamos 37 asesinatos por violencia de género a mujeres en lo que va de año en España -éstos los reconocidos-. Más de una mujer a la semana. Así. Dicho sin más. Con todo el helor del mundo. El amor no es el que causa la muerte, la puede acompañar en el mejor de los casos; pero incluso en su máxima desproporción no puede generar otra cosa que la muerte ajena al ser amado o la muerte propia. Por amor uno es capaz de matar a otro con tal de salvar a su ser querido... y por amor uno es capaz de morir. Todo lo demás, las demás combinaciones, pertenecen al orden del odio y la animalidad.

La relación entre Eros y Anteros, a la manera en que lo expone Marcel Schowob, me obliga a creer que la lucha por el amor es difícilmente explicable. Tal vez no sean más que nuestras vidas, esas otras imaginadas de una manera menos racional, más apasionada y cercana a esa entropía que nos justifica y jamás nos explica. Eros pincha con sus flechas y la irracionalidad se apodera de nosotros creando la parte inexplicable de la palabra humano. Anteros, bienhechor para la razón, cura el veneno del amor con el nepentes, que produce alivio y olvido. Cuando los dioses explicaban el futuro humano, la realidad se ataba a unos signos más altos por los que luchar. La inmortalidad, el afán de perdurar en la memoria de los demás mortales a cuenta de los gestos y hazañas que ennoblecen la virtud de los hombres. El amor como gesto infinito que todo lo puede. La vocación de mortal y su dolor eterno para quien ama rozado por Eros a aquella persona a quien Anteros ha tocado para no envenenarse de amor. Al final, uno entiende que era mejor creer que esas voluntades del amor y su contrario, eran inexplicables y cosa de dioses. Siempre es mejor echar la culpa a quien uno no puede ejecutar mal alguno. Es nuestra cobardía. Y en parte un poco de eso hay. Un poco de incomprensible e inalcanzable realidad existe en este juego que nos ata y nos separa de alguien. Yo te quiero y me entrego... y ante el mismo gesto y fulgor repetido veces en la vida... unos se acercan y otros se alejan, sin saber nunca del todo cual es la razón de tan ineludibles diatribas amorosas. Sin saber que el amor que se alimenta también se puede ir sin justificación plausible -Anteros que todo lo puede-. La vida se cura a veces con venenos inconfesables. A veces uno sin saberlo se pone de parte del malo, de Eros. Porque... como dijo Silvio: «Sólo el amor/ engendra la maravilla,/ sólo el amor / consigue encender lo muerto».

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