MINORÍAS ABSOLUTAS
La música
La música. Ese lugar que supera la condición humana en su capacidad creadora. Muchas veces he mostrado fascinación hacia este arte por ser sin duda para mi es el más elevado.
El arte es una convención humana. Un invento que hemos generado por necesidad para equilibrar nuestra trascendencia y posicionarnos más globalmente en este universo que nos ordena y desordena a su antojo.
Hemos creado la literatura, la pintura, la escultura y el resto de manifestaciones artísticas para desarrollar nuestras posibilidades creadoras y evolutivas. Pero muy pronto nos dimos cuenta de una cosa; había algo en la naturaleza, algo que ya existía antes que nosotros, que ofrecía esa condición de belleza que tanto necesita el ser humano para conciliar los excesos de barbarie que por otro lado genera: La música.
La música es el único arte que no es inherente al ser humano. Todas las demás artes las inventamos y supimos que la madre de ellas tenía que ser algo que matemáticamente y existencialmente nos superara. Existe música en la naturaleza, existe esa consecución de sonidos armónicos rítmicos y melódicos que conforman una estética concreta. Tal es así, que su importancia es inigualable en la historia humana.
Según dónde posicionen la música ciertas sociedades así han avanzado en la historia. En el antiguo Egipto los conocimientos de música eran casi exclusivos de los grandes sacerdotes. En Mesopotamia los músicos acompañaban a reyes en ceremonias y festejos e incluso en la guerra. Grecia daba una importancia extrema al valor educacional y moral de la música.
En la antigua China todas las dinastías tenían especiales atenciones y apartados específicos para esta disciplina y gozaban de mucho prestigio.
La magia de la música no tiene igual. Pitágoras decía que era el alimento para el alma. Nietzsche afirmaba que sin música la vida sería un error. Yo he visto a una niña, Jimena, a los 3 años de edad, asumiendo el mundo en silencio y de manera perpleja en conciertos de música clásica. He visto sus ojos abiertos inundados de ?corcheas de Pergolesi.
Esa niña, Jimena, tiene ahora 10 años. Su amor por la música, de manera innata, la hizo apuntarse al conservatorio. Con 9 años su emoción vital fue poder tocar en una audición del Auditorio Ángel Barja, ese donde había ido tantas veces con su madre a escuchar conciertos desde que ni siquiera hablaba.
Ahora, en nuestra ciudad, se abre el debate. O más bien se zanja sin escuchar —a escuchar se aprende en los conservatorios— a los ciudadanos. Nuestra provincia ha de elegir. Asumir como un pilar básico de formación artística y humanística —de la que han de salir los representantes futuros de nuestra sociedad, los que nos guíen hacia lo importante— y darle la relevancia que egipcios, griegos, alemanes, chinos y todos los representantes de las grandes civilizaciones le han dado; o relegarla al extrarradio en todos los sentidos. Una ciudad que invierte y prioriza su formación musical ofrece excelencia en mucho más que unos compases.
Es ejemplo de dignidad y humanismo.