Diario de León
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rafael saravia
León

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Escribo desde Cádiz estas líneas al enterarme del fallecimiento de Gustavo Bueno dos días después de fenecer su esposa Carmen Sánchez, como si la vida no tuviese el mismo sentido sin esa expresión material que el cuerpo y su transcendencia ejemplifican. Como si no mereciese la pena seguir en una soledad sin precipicio cercano.

La casualidad ha querido que me encuentre oyendo un mar que gestó una idea de nación, allá por 1812, cuya conducta enraizó con fuerza en los principios incómodos que defendió Gustavo Bueno con respecto a la defensa de una nación como la de España. Todo lo que sustrae polémica y reflexión rodeó a uno de los pocos filósofos españoles cuyo pensamiento actual todavía sienta cátedra en el mundo entero.

Él mismo dejó dicho: «No existe un pensar auténtico. El pensamiento es, ante todo, contradicción. Nadie puede decir soy ateo sin pensar en Dios». Y ante esta reflexión conformó una manera de pensar lo más aproximada al acto sincero de no admitir nada que tenga que ver con la divinidad o la genialidad en el medio en que el ser humano se afana en subsistir.

Gustavo Bueno fue crítico con la religión pero asumió parte de ésta como constructo cultural. Se movió sin pelos en la lengua con respecto a problemáticas —tan actuales en estos momentos— generadas en torno a esta idea; como por ejemplo su seguridad en la conceptualización de deslegitimar el Islam.

Ninguna religión fue necesaria para un hombre que supo ejercer un pensamiento más allá de la mera teorización. Supo que la economía, las matemáticas, la física y las demás ciencias eran la base sustancial del pensamiento y no al revés. Supo dar importancia a la base antes que a la jerarquía generada como un acto de fe.

Su pensamiento de izquierdas no era una idea más. Abogaba por esa praxis del que cree que sin la acción, el derecho a una conquista social jamás se conseguiría. Tal vez por ello tuvo enemigos en todos los bandos, incluso en el propio, asumiendo así esa conducta de pensador libre que tanto daño hace a la izquierda —la derecha es monolítica e inamovible, la izquierda tiene como críticos a la derecha y a todo aquel de izquierdas que ve la acción equívoca y la condena a pesar del disfraz ideológico—.

Su materialismo filosófico supo estar a la altura de los problemas reales de este siglo XXI convulso —recuerdo su frase «mayor basura que la Bolsa no cabe imaginar en la evolución de la humanidad»—. Supo legitimar lo inasible con un pensamiento que también evoca y no deja sin esperanza la conducta de las emociones, aunque sienta yo que se queda en el intento de la explicación perpetua y que jamás será comprendida la respuesta a un todo que ni el propio Bueno supo dar contestación.

Pero sobre todo fue adalid de una concepción humanista que si bien tuvo infinidad de «peros» —recordemos que él mismo dice que el pensamiento es, ante todo, contradicción— construyó en favor de lo elemental y no de la élite. Por eso lo recordamos. Por eso ejemplificado en esta frase: «¿Qué es un albañil? El principio y el fin de la arquitectura».

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