Diario de León

MINORÍAS ABSOLUTAS

Berlín no se acaba nunca

Publicado por
rafael saravia
León

Creado:

Actualizado:

Uno no acaba de comprender el mundo. No lo hace a los 20, veo que a los 40 tampoco y deduzco que poco atisbo más de comprensión humana va a venirme en lo sucesivo.

He descubierto Berlín con la extraña magia del horror y la reflexión de un pueblo que algo más que el mío ha aprendido. Una visita demasiado rápida con buenos amigos me ha hecho reflexionar sobre el lugar que ha de ejercer la sociedad con respecto a su historia. La presente, la pasada y la que está por venir.

Es asombroso cómo se desarrolla la ciudad de Berlín, con avenidas amplias, un tráfico que se aleja mucho de urbes como Madrid o Barcelona y una población muy contenida para ser una de las capitales más importantes de Europa. La vida se desenvuelve mucho mejor así. El U-Bahn, el metro de allí, se mueve con fluidez y su acceso es mucho más cómodo y humano; sin tornos para el acceso y con la sensación de que todo se dispone para una mejor conjunción de las relaciones entre personas. No hay tanta traba física pues es un elemento, el transporte, necesario para la construcción de una sociedad más igualitaria.

Asumiendo la tranquilidad que se vive al coger el U-Bahn, uno se da cuenta de que se traslada a todo el resto de actividad berlinesa. Hay un ritmo mucho más pausado, dándole el espacio suficiente a lo necesario. Nos sorprendía que no hubiese carreras para coger el metro, nos sorprendía que se tardase tanto en atender o servir en una mesa de bar y todo ello era motivado por este servilismo que nosotros desarrollamos en favor de la prisa y que ellos entienden como tiempo necesario para ejercer un trabajo sin dejar de sentirse persona. Un espacio amplio, una organización tranquila, unos sueldos dignos —a pesar de que Berlín no es la ciudad alemana en la que mejor se cobra, el sueldo medio, en bruto, de un trabajador viene siendo unos 3.500 euros, que se quedan en casi la mitad después de impuestos— junto a un derecho a la vivienda real —un alquiler en el centro de Berlín de un piso de 75 metros cuadrados se puede conseguir por 650 euros—, hacen de esta ciudad un lugar para convertirse en persona y no en producto.

Si a esto le sumamos que su concepción de sociedad pasa por conservar de manera excelente el patrimonio que manejan, y que de manera envidiable han ejercido la responsabilidad social de no olvidar los grandes errores que supusieron las guerras mundiales y el genocidio judío, nos encontramos con una ciudad que ha sabido superarse a sí misma, no olvidando la barbarie nazi —el monumento del Holocausto estremece sobremanera—, no olvidando el aislamiento comunista –el muro, el césped de Lenin, la historia de la escasez permanente-. Todo esto que les separaba de la humanidad lo tienen como elemento de alerta para no olvidar y no repetir. En una ciudad donde los ciudadanos han sabido reconvertirse en berlineses a pesar de la RDA y la RFA. En España seguimos con el temor de levantar heridas por ejercer el derecho a reivindicar la Memoria Histórica. Lo dicho, uno no acaba de comprender nunca, pero en Berlín hay sitio para soñar diferente.

tracking