Diario de León
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rafael saravia
León

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De limones va hoy la cosa. De argucias, encantos y anhelos. También de ese deseo imponderable de abastecer las ganas con imposibles, pues en ese intento lleno de derrota está la consolidación de la personalidad que enamora.

Son tantos los limones a tratar, en esta tierra fría, donde la muerte se atreve a ponerle fecha no más allá de un invierno, que me conmuevo por el atrevimiento de ser de León y tener un limonero. Cosas más agrias ocurren y no rechazamos su jugo.

Ocurre por ejemplo ese limón discordante, como nota de mofa para este día, el de hoy, que coincide con la tregua que supuso hace 317 años en nuestro país que Carlos II, con el cansancio por pelearse por Cataluña —había sido invadida por Francia hacía unos años, sobre 1691—, le entregase por primera vez el trono de esta nuestra nación a un Borbón, el ínclito Felipe de Anjou (llámenle Felipe V). Hoy el zumo agrio quiere que otro Borbón, nuestro Felipe VI, el preparado, se quiera y deba pelear por el mismo motivo pero sin conceder a un otro las viandas del territorio en cuestión (se nos volvieron republicanos de pro y ya no hay rey que nos quiera disputar tan alterado territorio).

Si se menciona la palabra República no debería ser con intención de chascarrillo malsonante, ácido y sin digestión, como ocurre en estos días de pendencia territorial. Prefiero recordar, también un día como hoy, la llegada de Victoria Kent a su España —esta vez ya no republicana— después de 40 años en el exilio. Fue la primera mujer en entrar en el colegio de abogados de Madrid y la primera mujer del mundo que ejerció como abogada en un tribunal militar. En la II República ejerció como directora de prisiones y mejoró las condiciones humanas de los presos. Su limón personal, el no ser comprendida cuando defendió aplazar el derecho al voto femenino en pro de la república. Su enfrentamiento dialéctico con Clara Campoamor salió en beneficio de Clara y en contra de la República. Ambas tenían razón en su argumentario y ambas perdieron parte de su ideal en una lucha donde sólo había limones y nada de azúcar. Pero la intrépida acción de Victoria —ayudó a escapar del fascismo a republicanos desde Francia, llegó a ser ministra de la República en el exilio, mejoró las condiciones de las cárceles iberoamericanas, apostó por la igualdad salarial entre hombres y mujeres, etc.— sigue siendo un limonero en tierra fría: Lucha y esperanza a partes iguales.

Con tanta gracia histórica se me pierde la realidad propia en unos versos machadianos que casi me definen: «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,/ y un huerto claro donde madura el limonero;/ mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;/ mi historia, algunos casos que recordar no quiero». Cámbienle Sevilla por Málaga y Castilla por León, y me queda el limonero condenado por frío y salvado por la esperanza del intento nuevo de resucitarlo. Voy por el segundo, y no temo una helada más. Con mimo todo atentado puede enmudecerse. Un trago agrio para la salud del porvenir.

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