MINORÍAS ABSOLUTAS
A desalambrar
Comiencen la lectura en La menor: «Yo pregunto a los presentes/ Si no se han puesto a pensar/ Que la tierra es de nosotros/ Y no del que tiene más». Y no paro de preguntármelo querido Daniel, cómo no hemos conseguido arrebatar al poderoso su cortijo, su masía, su tres por ciento, su falta de hambre.
«Yo pregunto si en la tierra/ Nunca habría pensado usted/ Que si las manos son nuestras/ Es nuestro lo que nos den». Y seguimos preguntándonoslo querido Viglietti, pero la tierra y sus conflictos valen más que unas manos, que unas bocas y todos los agujeros oscuros que genera la especulación. Querido Viglietti, mi gobierno vuelve a bajar la inversión en educación, en sanidad y en protección social. Según él, nuestro país va muy bien, la economía crece, crece todo lo importante para ellos, pero a pesar de esas esperanzas que nos venden en las hojas económicas cada día, a pesar de que la necesidad sigue siendo tan alta, lleva cuatro años recortando lo imprescindible. Cuatro años bajando el porcentaje de inversión en los ejes fundamentales de los trabajadores de mi país. Eso sí, sube el porcentaje de los presupuestos para el gasto militar y para los asuntos económicos. La economía —la grande— tiene siempre que ganar, aunque sea a costa de la economía —la chiquita— y la salud de los obreros que construyen esta sociedad. ¿Qué podemos hacer querido Daniel?
«A desalambrar a desalambrar/ Que la tierra es mía tuya y de aquel/ De Pedro María de Juan y José». Sin duda querido Viglietti. Te nos vas y se nos quedan cortas las voces para el desembarco de lo importante. Mientras otros pelean por lo superfluo, por las aristas de lo insignificante. Por ponerle más alambre y vallas y fronteras a la importante tarea de convivir. Y justo ahora te vas tú, como llamando la atención de este sinsentido, como cansado de tanta sinrazón humana.
«Si molesto con mi canto/ A alguno que ande por ahí/ Le aseguro que es un gringo/ O dueño de este país». Y ya ni molesta querido Daniel, las tragaderas cada vez son más profundas, cada día la vergüenza se acartona un poco más. Pero no por ello se va a agotar la voz disidente, la que reclama cordura, fuerza y entrega para no otorgar la tierra que alimenta a los que piensan que sus ideas son más importantes que el hambre de sus iguales.
Tú te vas querido Daniel Viglietti, comprendo el cansancio de esos setenta y ocho años de lucha, pero los «peros» del mundo siguen encendidos y hacen falta voces que alumbren la sangre que sigue cayendo. Nos siguen matando si no trabajamos y si trabajamos también nos matan. Quiero darte un abrazo recordando tu guitarra, y con los versos de Nicolás Guillén recordarle a mis paisanos, los que leen hoy tranquilos la vida, que este juego va en serio: «Ayer vi a un niño jugando/ a que mataba a otro niño./ Hay niños que se parecen a los hombres trabajando./ Ay, quién le dirá cuando crezcan/ que los hombres no son niños,/ que no lo son».