Diario de León

AQUELLOS CAMPOS DE TRABAJO

Un leonés en el Gulag

Rafael Trapiello reúne en un libro el alma del ‘Campo para propósitos especiales’.

Una procesión en el monasterio ortodoxo que hasta 1939 fue uno de los temibles gulag del régimen soviético. JUAN MANUEL CASTRO PRIETO/RAFAEL TRAPIELLO

Una procesión en el monasterio ortodoxo que hasta 1939 fue uno de los temibles gulag del régimen soviético. JUAN MANUEL CASTRO PRIETO/RAFAEL TRAPIELLO

Verónica Viñas
León

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Alexander Solzhenitsyn lo llamó Archipiélago Gulag en una estremecedora novela sobre la represión política en la extinta URSS. La revista alemana Mare encargó a Juan Manuel Castro Prieto un reportaje sobre los restos de aquellos campos de trabajos forzosos que estableció el régimen soviético. El fotógrafo le pidió a Rafael Trapiello, amigo y compañero en la agencia Nophoto, que le acompañara, porque el leonés habla un inglés más fluido. «Luego no encontramos allí a nadie que hablara inglés», dice Trapiello, hijo del célebre escritor de Manzaneda de Torío. En agosto de 2015 viajaron a hasta la isla Solovkí, en el norte de Rusia. Millones de personas sufrieron las purgas de Lenin y Stalin y miles perecieron en este paisaje extremo, la mayor parte del año cubierto de hielo. «Pero no queda ni rastro». En el monasterio ortodoxo que hoy es Patrimonio de la Humanidad las huellas de la época en que fue ‘Campo Solovkí para Propósitos Especiales’ han sido concienzudamente borradas. «La isla se vació en 1939 y no hay ningún descendiente de los presos», cuenta el fotógrafo leonés. «Pero en Rusia, como ocurrió con los represaliados de la Guerra Civil, todo el mundo tiene algún pariente que pasó por el Gulag».

Trapiello, que en casi todos sus proyectos explora la relación del territorio con el ser humano, quizá porque primero fue ingeniero de caminos con la especialidad de urbanismo antes de dedicarse a la fotografía, sintió en aquella isla en medio del Mar Blanco que la historia está allí impregnándolo todo. Le pareció que viajaba atrás en el tiempo. La población —explica— está sometida por la autoridad de la iglesia ortodoxa.

En aquel primer viaje los dos fotógrafos recrearon con imaginación y una mirada poética los restos de un Gulag que únicamente se presiente. Ambos se dieron cuenta de las posibilidades infinitas de este paraje ‘anclado’ sobre un mar de hielo donde el sentimiento de cárcel perdura. Así que regresaron un año después, en la época en la que solo hay cuatro horas de luz. Armados con cinco cámaras analógicas distintas y dos digitales sacaron miles de fotografías. Un trabajo en el que estuvieron tan compenetrados que decidieron firmarlo conjuntamente, sin discriminar las fotos de cada uno.

A Trapiello le gusta pensar que un proyecto queda terminado con un libro. Porque le interesa sobre todo el relato, la historia que cuentan las fotos. «Cada imagen representa un capítulo de un texto mayor», sostiene. El libro Solovkí y las cincuenta imágenes que lo componen forman parte de una exposición itinerante de PhotoEspaña que puede verse en el Centro de Arte Alcobendas y que también viajará a Granada. «Haremos lo posible para que llegue a León».

No les resultó difícil elegir medio centenar de imágenes entre miles. Optaron por las que muestran «el lado más inquietante» de «un lugar hermoso que fue el infierno». Autor de proyectos como Croalandia, New York, Texas, Miércoles de Misericordia o Cuaderno de Menorca, en todos se aprecian las dos obsesiones del artista leonés: la vertiente documental y el lado emocional.

Su apellido no pasa desapercibido. Cuenta con naturalidad que su padre, Andrés Trapiello, le inició en la literatura clásica y, sobre todo, le hizo amar la lectura. Por eso, lee a fondo antes de embarcarse en un proyecto, porque considera que la documentación es fundamental para afrontar cualquier trabajo sin prejuicios. Con una docena de amigos —entre ellos el hijo del también escritor Juan José Millás— forma parte de Nophoto, nombre que, a priori, resulta chocante para una agencia de fotógrafos. Lo aclara: «Es tan importante lo que no fotografías como lo que fotografías. No se trata tanto de disparar como de pensar».

Su profesión le ha permitido viajar por medio mundo. Quizá Rusia es el país que más le ha impresionado, porque «todo te resulta familiar y europeo, pero a la vez es muy diferente. Esa sensación no me ha pasado en ninguna parte». Sin embargo, el país que más le fascina es España. «Un lugar maravilloso y contradictorio, el país de la peor luz. Es antifotográfico. Y eso también conforma un tipo muy concreto de fotógrafos», dice, como su propio primo, Andrés Martínez Casares, Premio Nacional de Fotoperiodismo en 2014.

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