Blanca de la Torre: «Los directores de museos ya no tienen que ser estrellas»
La leonesa Blanca de la Torre, directora del IVAM, habla de la situación del arte contemporáneo y del Musac

La leonesa Blanca de la Torre, directora del Instituto Valenciano de Arte Moderno (Ivam).
La leonesa Blanca de la Torre está al frente del Instituto Valenciano de Arte Moderno (Ivam), un museo con diez veces más fondos y el triple de presupuesto que el Musac, donde ejerció como asesora de compras de la colección. Apenas lleva un mes en el museo valenciano, pero muy pronto se empezará a notar su ‘toque’.
—¿Cómo ha sido su aterrizaje en el Ivam?
—Estupendo, la verdad. Como el museo llevaba un año sin dirección, hay bastantes urgencias, pero el equipo es fantástico. Estamos haciendo una reestructuración y trabajando en la programación.
—Habrá heredado una programación, ¿cuál será su primera exposición?
—Sí, es cierto, heredo la programación hasta final de año, pero el segundo semestre lo vamos a presentar en mayo y ahí estamos haciendo algunos ajustes. Voy a ir introduciendo píldoras de mi nuevo proyecto, tanto en actividades, como en programas públicos y de mediación. Me gustaría programar otra exposición pequeñita, pero no estoy segura de si voy a poder introducirla este año o el que viene. Intentaré que se vaya visibilizando mi proyecto de museo.
—¿Cómo es su proyecto de museo?
—Sobre todo son tres ejes esenciales que atraviesan todo: patrimonio, sostenibilidad y territorio. Vamos a buscar estrategias para trabajar de manera más sostenible desde dentro, desde el propio museo, pero también hacia afuera, mostrar modos más sostenibles de producir cultura. En la parte de patrimonio, mi apuesta clave es un nuevo espacio para colección.
—¿Cuántos fondos tiene el Ivam?
—Más de 14.000. Tiene una de las mejores colecciones de vanguardias europeas. Quiero plantear dos salas enteras, de manera permanente, donde hagamos un recorrido por la historia del arte de los siglos XX y XXI a partir de algunas piezas icónicas. Creo que es necesario que la sociedad sienta esa colección y el orgullo de pertenencia. Vamos a hacer relecturas de la colección para encuadrar el valor del arte valenciano dentro de esa historiografía global. A mí me gusta jugar con la museografía, por eso quiero plantear recorridos alternativos, que dentro de ese esqueleto más tradicional permitan escoger caminos para esas otras relecturas, en clave de género, en clave de ecología o en clave de paisaje. Es muy importante que esta colección se trabaje con todos los conservadores, que son un equipo brutal. Con todo eso, quiero que ese epicentro ofrezca puntos de fuga para el resto de programación o de proyectos. El Día del Libro vamos a revalorizar unas piezas de libros de artistas de vanguardia también maravillosos, que es otra de esas joyas que tiene el museo, pero que están en la cámara acorazada y no las ve nadie.
—El éxito de los museos se mide en visitantes, ¿cuántos tiene el Ivam y qué listón le han marcado?
—No me han marcado un listón, pero es cierto que perdió 25.000 visitantes el año pasado. La dana pilló al final y es muy injusto no contabilizar eso. A mí me importa la experiencia de las personas que pasan por el museo, que se lleven una manera diferente de entender el mundo y no tanto de las cifras de visitantes, pero comprendo esa preocupación. Hay medidas que ya estamos empezando a implementar, pero no sé exactamente cuándo se harán visibles. Pero, por ejemplo, para mí sí es esencial que las cosas se entiendan. Algo tan básico como que el texto curatorial sea comprensible para todo el mundo. Que no haya ese abuso de retórica; ese tipo de pinceladas yo creo que marcan la diferencia en la experiencia en el museo.
—¿Sigue siendo miembro del consejo asesor del Musac?
—No, desde que se fue Manuel Olveira.
—¿Cómo ha visto el cambio del Musac con el nuevo director?
—He venido menos, porque he estado en Helsinki y fuera casi todo el tiempo. Creo que la tendencia es más hacia exposiciones blockbuster (taquillazo), tipo la de Ai Weiwei, que fui a verla y es estupenda. Sin ánimo de crítica, creo que estaría bien un mayor anclaje en algunos proyectos que tengan también más que ver con el propio territorio.
—Pero la gente, al final, va a ir a ver a Weiwei o a Yoko Ono más que otros proyectos que pueden ser muy emergentes, pero que a lo mejor al público no le llegan.
—Claro. A mí me parece bien que haya ciertos ganchos para que te pases por ahí, pero creo que lo difícil está en cómo establecer ese equilibrio entre esos blockbusters y la conexión con el territorio. Para mí lo ideal es intentar desarrollar también muestras colectivas, donde esos grandes nombres estén en diálogo con el contexto más nacional y local.
—¿Los museos de arte contemporáneo están de capa caída?
—Creo que no. Yo los encuentro más vivos que nunca. Supongo que depende del lugar y del tipo de museo, pero, sobre todo, los departamentos de educación y de mediación cada vez están más activos, desarrollan programas de cercanía, independientemente de la programación expositiva, y atraen a sus propios públicos. Están habiendo iniciativas muy interesantes. No sucede en todos los casos, pero también tiene mucho que ver con dotaciones presupuestarias.
—¿Qué presupuesto maneja el Ivam?
—Ahora mismo estamos en algo más de 12 millones, pero nos han recortado.
—¿Ese dinero es para exposiciones o para todo?
—Para absolutamente todo. La gente no se da cuenta de que hay un montón de costes que no son tan visibles. En general, hay esa tendencia a creer que todo este dinero es un despilfarro en exposiciones, cuando el presupuesto de exposiciones es mínimo en comparación con el total. Más allá del mantenimiento y de la plantilla, están todo ese otro tipo de procesos y de actividades que son más invisibles pero que realmente vertebran y dan cohesión a los museos y generan también públicos y comunidades de larga duración. Y eso tiene un altísimo coste, porque requiere un montón de personal y formación específica.
—¿Se copian los museos en aquello que funciona?
—Más que copiar, creo que hay una tendencia a trabajar muchísimo más creando redes y alianzas y buscando sinergias con museos similares, y eso potencia mucho los programas, generando más producciones o coproducciones. Eso funciona mucho mejor que mimetizar programas de otros. Estamos ya pensando programaciones futuras, pero planeadas desde el origen, desde lo común; y no, como me interesa esta exposición, me la llevo.
—¿En esas colaboraciones entre museos, se va al 50% en costes?
—Se miden muchos factores, como lo que cuesta desarrollar la exposición en un lugar y en otro. En los gastos compartidos, se va a medias; pero luego hay gastos propios independientes, que dependen de cada una de las instituciones. Tenemos desde hace cinco años un programa de colaboración con el Macba, Es Baluard y La Panera, donde los directores han cambiado en los cuatro centros pero se ha mantenido. Cuando un programa funciona, creo que ha de hacerse fuerte, independientemente del proyecto de dirección que mantengamos cada uno.
—La gente, en general, no conoce los nombres de los directores, salvo si hay escándalos o van fatal...
—Sí, es un poco injusto, pero a mí no me importa que la gente no sepa mi nombre. Los directores ya no tienen que ser las estrellas. Somos generalmente la cara más visible, pero el proyecto es colectivo; si no hubiese todo ese equipazo detrás creando el museo, un director no podría hacer nada. A mí no me parece mal que estemos más a la sombra.
—El Musac tiene 70.000 euros al año para comprar obras para la colección, ¿es suficiente?
—Desde fuera se hace evidente que pasó esa época dorada hace bastante tiempo; yo viví esa época y después estuve en el comité asesor en la época de Manuel Olveira. No es necesario volver a esas grandes cantidades del pasado o a esos, llamémoslos, modos de gestión —de nuevo sin ánimo de crítica—. Ya estamos en otro modelo. Dicho esto, sí que es imprescindible dotar a los museos de cantidades decentes para continuar ampliando el acervo y el patrimonio, porque al final el patrimonio tiene que ver con lo público, con el bienestar y con la ciudadanía. Cuando estaba en el comité asesor del Musac, la mitad de las piezas que proponíamos que eran esenciales y no antojos, con 70.000 euros era imposible hacer esa tarea de tapar agujeros. El problema es que esas brechas cada vez se van haciendo más insalvables y llegará un momento en el que va a ser muy difícil darle una coherencia a ese acervo patrimonial.
—¿Qué cantidad sería razonable? ¿Cuánto gasta el Ivam en la adquisición de piezas?
—Tengo algo más de un millón de euros para ir completando la colección. Aunque el Ivam tenga una colección impresionante, siempre hay lagunas en cualquier colección del mundo. En nuestro caso, es esencial reforzar algunos nombres de la colección. Estoy en ese momento de identificar cuáles son esas piezas más estructurales que echo en falta, especialmente de algunas mujeres. Todavía tengo que proponerlas y que se aprueben todas esas compras.
—¿Su contrato es por cinco años, qué hará después? ¿No le crea ansiedad?
—Los contratos de directores de museos se pueden renovar. No me genera ansiedad, porque lo que más ilusión me hace no es ver ese corto y medio plazo de mis proyectos, sino poder sembrar de cara al futuro, independientemente de que yo esté o no en el museo. No podemos pensar los proyectos solamente para brillar durante nuestro mandato, para salir en prensa y para colgarnos medallas. Tenemos que pensar a largo plazo en el bienestar del museo y de la sociedad a la que pertenece el museo.
—¿Entre los 14.000 fondos del Ivam hay alguna obra de algún artista leonés?
—No lo sé y voy a investigar. Estoy en esa fase de intentar conocer el acervo. Estamos justo en el proceso de sacar la nueva web, que me está sirviendo para conocer algunas piezas que no sabía que existían
—¿No es más maravilloso el almacén que cualquier exposición del museo?
—Sí, para mí es un lugar terapéutico.