Diario de León

OPINIÓN Miguel Ángel Nepomuceno

Diálogos íntimos

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León

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En este mundo de la mercadotecnia prolifera cada vez con mayor asiduidad la basura por encima de lo que realmente merece la pena ser tenido en cuenta. Esto trasladado al campo de la lírica pone las cosas aún más tibias porque ahora al desconocimiento de materia se le une la estulticia de quienes se creen en posesión de la verdad y pontifican con la misma frivolidad con la que se toman un café. Las consecuencias se ven y sufren de inmediato porque muchos de los cantantes que tienen cualidades excepcionales no salen del anonimato por esa carencia de padrinos, de marketing y sobre todo de ganas de querer escucharlos para saber si valen o no. Un caso flagrante Uno de los casos más flagrantes es el que está ocurriendo con la soprano leonesa Soledad Gavilán, poseedora de una voz importante de lírico ligera y con una carrera nacional más que prometedora, incluyendo grabaciones y actuaciones con primeras figuras de nuestra lírica, pero que por una de estas razones apuntadas más arriba continúa en ese estadio intermedio del que no se logra salir sino es con un aval de un empresario. Como ella tenemos más casos en nuestra cantera de cantantes, y si el cielo no lo remedia las cosas van a seguir por donde han venido. Una muestra de la calidad de esta soprano de Palacios del Sil nos la ha venido ofreciendo a lo largo de tres años en el Memorial Angel Barja, y en otras actuaciones por la provincia donde ha dejado una muestra impagable de su categoría como cantante. Se presentó en esta ocasión en el Memorial con un programa denso y variado que alternaba arias de óperas conocidas con algunas de las canciones gallegas y otras del homenajeado compositor gallegoleonés. Comenzó con el conocido vals de Musetta de LA Óveme, una página de las más gratificantes siempre que se articule con precisión, se imposte con técnica y se frasee con elegancia, tres cualidades que le sobraron a la soprano, aunque en algunos momentos rozara el grito, más debido a la potencia y facilidad de alcanzar las notas altas que una falta de control de la emisión de la voz. Dio una exquisita lección de matices con el Caro Nome, de Rigoletto y rozó las cotas de la sutileza canora con el siempre hermoso y melancólico Oh mio babbino caro (Oh padrecito querido) de Gianni Scicichi, y no como figuraba en el programa de mano Bambino, (Oh, niño querido), -lo de no corregir los programas continúa siendo uno de los males endémicos en esta sociedad de las prisas-, para concluir con el aria de Nanetta, de preciosista factura y la siempre difícil pero deliciosa Aria de Linda de Chamonix de Donizetti, un prodigio de color y fraseo. La segunda parte la dedicó íntegramente a las canciones de Ángel Barja, comenzando por las gallegas, que son de una factura y una sobriedad y hermosura fuera de todo comentario. Las libó Soledad con facilidad y buen gusto, trabajando la zona central de su voz con el consiguiente equilibrio de emisión que le otorgó un aterciopelado color al timbre y una línea de canto redonda y cálida. Ramillete exquisito Magníficas fueron también ese ramillete de canciones que siguieron sobre textos de algunos de los poetas más señeros de la generación del 98 y del 27. Pemán, Juan Ramón, Lorca, Pintos y el propio Ángel Barja, fueron los artífices de unas letras como Fino cristal, Verde, verdero, Del rosal vengo mi madre o la siempre emotiva Quedito pasito amor, que caldearon aún más si cabe un auditorio complaciente y complacido con el arte y la exquisitez de esta soprano que allá donde canta deja siempre un regusto de que hemos escuchado algo bueno y distinto. Uno de los más esperados conciertos del Memorial y de los de mayor calidad. Un éxito.

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