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Al final sólo queda el blues

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Luis Ventoso - león
León

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Cuando se revisen los mojones culturales del siglo XX se hablará de la física de Einstein, que le dio la vuelta al calcetín del universo; de la pintura de Picasso, que cambió la manera de mirar; de los edificios sensatos de Le Corbusier; de la filosofía antifilósofos de Wittgenstein, del jazz, del nacimiento del cine... pero también habrá un lugar para recordar la música infecciosa, caliente, áspera e inédita de The Rolling Stones. Hace cuatro días, Mick Jagger, el Dorian Gray de la jet-set planetaria, cumplió 60 años. El aniversario lo pilló en Bilbao, correteando por un escenario, vestido con entallados y brillantes ropajes de puta cara, impostando una vez más el mito de la adolescencia eterna. Hoy, los Rolling Stones aparecen ante todo como un negocio fabuloso. Su gira del año pasado por EE. UU. recaudó 87,9 millones de dólares (en 1994 habían sido 121 millones), sólo otra reliquia de los sesenta, Paul McCartney, los superó en el 2002 (103 millones). Los Stones, para muchos símbolo de autenticidad, lo han vendido todo para hacer caja. Satisfaction , el himno de la rebeldía, se cedió por 2,8 millones de dólares para anunciar cazadoras Snickers. Start me up , el último gran single de la banda en su otoño creativo, fue utilizado por Bill Gates para lanzar Windows 95 (tras dejarse 5 millones de dólares en la taquilla de Jagger y Richards). Además del dinero, los Stones son también la suma de las cicatrices de sus escándalos de faldas, estupefacientes y (ocasional) violencia. Pero cuando corra el tiempo y los focos dejen al fin de iluminarlos, sólo quedará el blues. Su legado será su fantástico tour de force de los años 60 y 70, cuando reciclaron la música de los negros humildes para crear un nuevo pop blanco, lleno de aristas y golferío. «En el fondo creo que sólo hemos conseguido ser una buena banda de rock and roll a lo Chuck Berry», ha resumido Charlie Watts, el impertérrito baterista del grupo. Una valoración demasiado modesta. Los Stones son los inventores y propietarios únicos de un sonido callejero, lleno de urgencia sexual y de contestación, una marca tan imitada como irrepetible. Vientos del Mississippi A finales del siglo XIX, los hijos de los primeros esclavos se agrupaban en el Delta del Mississippi. Allí germinó su propia música, al comenzar a cantar en su nueva lengua sobre las bases rítmicas que habían interiorizado sus padres africanos. Estaba naciendo el blues. Cuando los bluseros negros subieron a buscar vida al frío Chicago se produjo otra vuelta de tuerca: el blues se electrificó y se le añadió la contundencia de la batería. Aparecía el rhytmn & blues y su santo patrón era Muddy Waters, un hombretón enorme escapado del trabajo abrasador del Delta. La trinidad clásica del rhytmn & blues, agrupada alrededor del sello Chess, se completó con los nombres de Bo Diddley y Robert Johnson. De manera casi premonitoria, Mannish Boy , una de las piezas estelares de Muddy Waters hablaba de un « un chico que viene que será un rollin stone, un rollin stone » (vagabundo). A un océano de distancia, en la Inglaterra exangüe de la posguerra, crecían dos niños blancos muy pronto envenenados por el blues de los negros. Michael Philip Jagger (2 de junio de 1943) y Keith Richards (18 de diciembre de 1943) nacieron en el mismo hospital de Dartford, en Kent. Hoy, la localidad es casi un suburbio del sudoeste de Londres. Por entonces era un territorio híbrido y de poco estilo, un cruce de campos y fábricas. Jagger y Richards fueron compañeros de colegio en la primera infancia y congeniaron, pero el distinto talante de sus familias los distanció. Jagger era hijo de un profesor de gimnasia con aspiraciones, que acabó convertido en el mayor experto ing lés en baloncesto americano. Jagger senior llegó a contar con su propio programa de educación física en televisión (en su pubertad, Mike le acompañaba en las emisiones haciendo de extra). Los Richards eran otra historia: padre herido de guerra, empleado más tarde como vigilante en un almacén; y un divorcio temprano que partió el hogar. Jagger, niño encantador y chaponcete, llegó a ingresar en la London School of Economics, de donde salían los líderes que gobernaban el imperio. Richards, introvertido y disperso, fracasó en la escuela de formación profesional y acabó en una academia de dibujo industrial. David Bowie ha repetido que «en los años sesenta ibas a las escuelas de dibujo para aprender a tocar blues con la guitarra». Tal fue la historia de Keith Richards. La pasión musical de los futuros Stones no surgió de la nada. Mamaron la música en sus hogares (Richards incluso era nieto de un director de orquesta verbenera). A Mick le compraron su primera guitarra a los 14 años, en unas vacaciones en España. Lo primero que aprendió a destrozar fue La Bamba . El niño Keith fue una eminencia en el coro de su escuela (el que con la edad llegaría a ser el crápula quintaesencial poseía una voz tan dulce y cristalina que hasta cantó en la coronación de Isabel II en Westminster). Keith consiguió su primera guitarra a los 15, una Rosetti italiana con la que aprendió a tocar también una pieza latina: Malagueña . Una vez que tuvo el instrumento, su ocio consistía en subirse a lo alto de la escalera de casa y practicar escalas durante horas. Jagger estaba tan enganchado al blues que escribía a la discográfica Chess a Chicago para conseguir contra reembolso discos de sus héroes. Más tarde, amplió la colección con los nuevos astros del soul y el rock. En 1959, Chuck Berry, el auténtico rey del rock, llegó a la vieja Inglaterra. Para el joven Richards supuso un shock . Al año siguiente, la casualidad hizo que se encontrase con Mick Jagger en la estación Victoria de Londres. Se reconocieron, aunque se habían perdido la pista durante años. Jagger llevaba bajo el brazo un fajo de discos: Muddy Waters, Little Walter y Chuck Berry. A Richards se le iluminó el rostro: «¡Chuck Berry! Si te gusta esa mierda, yo se tocarla». En puridad, el nombre de los Rolling Stones fue una idea de Brian Jones (el maldito del grupo, que murió ahogado en su piscina en 1969, atiborrado de barbitúricos tras ser expulsado del grupo de una manera cruel), pero en realidad puede decirse que la banda-institución que habría de durar 40 años nació con aquel cruce de caminos en el andén londinense. Ian Stewart, que fue el pianista en la sombra de los Stones durante décadas (el productor Andrew Oldham lo retiró de las fotos por feote), explicó muy gráficamente la esencia de la banda: «Si Brian Jones, Bill Wyman, Charlie Watts o yo no hubiésemos existido, Mick y Keith habrían formado un grupo que habría sonado exactamente igual que los Stones». Visita a la Meca del Blues En junio de 1964, con poco más de un año de carrera, los Stones emprenden su primer viaje a Estados Unidos (siguendo la estela de sus siempre envidiados Beatles, con los que, sin embargo, mantenían una amistad estrecha). Resultó una aventura prematura y fallida. En su debut televisivo, fueron ridiculizados por Dean Martin, que los invitó a su programa de televisión para arrojarles vitriolo. El melodioso Dean, intuyendo quizá que los nuevos aires de Beatles y Stones iban a barrer a los viejos crooners empalagosos de su cuerda, los destrozó con puyas en directo. En los conciertos el público tampoco respondió. Hubo salas llenas, pero también pabellones de 15.000 personas con sólo 500 espectadores. En el sur profundo, se produjeron tragos duros. En Texas, Jagger, con sus maquillaje y sus contoneos, escuchó por vez primera un insulto que oiría muchas más veces: «mariconazo». «Era una sociedad de mentalidad muy estrecha, llena de prejuicios, represiva», recordaría el cantante décadas después. El viaje a Estados Unidos iba a cumplir un sueño infantil de los Stones: grabar en los estudios de la Chess en Chicago, la Meca donde se coció el blues mágico que alimentó su infancia. Cuando llegaron a la Chess, se encontraron a un fornido negro vestido de mono blanco y en plena brega. Keith Richards lo ha contado así: «Aquel tío estaba pintando el puto techo, vestido de blanco, con la cara llena de gotas de pintura. Nos quedamos pasmados, ¡era Muddy Waters! Allí estaba el rey del blues, pintando el maldito techo». Los Stones, cuya tacañería es épica, romperían su norma por una vez y ayudaron a enderezar la carrera de su héroe. Además de hacer esta ONG, en la Chess se empaparon del nuevo sonido de la América negra, el soul, encarnado entonces por magos como James Brown, Sam Cooke, Little Stevie Wonder u Otis Redding. Jagger y Richards abrieron las orejas y se harían aún más grandes vampirizando todas aquellas ideas a través de su tamiz rasposo. Jagger, hoy un hombre afectado y más bien falsillo, sir de la Reina desde el 15 de junio de 2002, tiene una frase simplona que tal vez explica las cuatro décadas de duración de los Rolling Stones: «O estás muerto o sigues adelante». Si han continuado en pie y han construido su monumental obra ha sido seguramente por el orgullo de diva ganadora de Jagger y por el amor romántico de Richards por el viejo blues. Los Stones, en principio sólo un buen grupo de versiones, tuvieron sus años de genialidad entre 1963 (año en que asoman sus primeras composiciones propias en Out of our heads ) y 1972, cuando rubrican su obra maestra: Exile on Main Street. En esa década portentosa inventaron riffs de guitarra ya clásicos ( Satisfaction, Jumpin' Jack Flash ), abrieron sus orejas hasta extremos tan nuevos como la samba-rock ( Sympathy for the Devil ) y patentaron una nueva forma de contar (las letras lujuriosas de Jagger, y sobre todo, su manera de decirlas: cínica, chulesca, hastiada y provocativa). Además, demostraron su facilidad para las baladas de cristal y crearon ese personalísimo sonido-lata que vuelve identificable todo lo que tocan. Después vino la decadencia. Richards fue un yonqui durante toda la década de los 70, Jagger quiso ser (y fue) un pijolín de la altiva jet neoyorquina. Watts volvió la vista al jazz y Jones voló al otro barrio. Pero aún así, siempre mantuvieron las ganas: un extraño pundonor por tratar de ser los mejores. Ese tesón explica milagros como Some Girls (su última cumbre, compuesta sólo un año después de la detención de Richards en Toronto, atiborrado de heroína y tan pasado que no se despertó cuando los policías del registro lo zarandearon). Ese afán de perdurar anima esfuerzos crepusculares, como su zarpazo del año 81, el single Star me up , o como sus dos buenos discos de los 90, Voodoo Lounge o Bridges to Babylon (con los que nadie contaba tras sus horripilantes vinilos de los 80). ¿Son los Stones algo más que un grupo de rock? Bueno, dejemos hablar a Keith Richards: «Lo que derribó el Telón de Acero no fueron todas esas bombas atómicas. Fue el rock y los pantalones vaqueros». Es difícil apagar un fuego de blues.

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