CARTA DEBIDA
Tumba abierta

PISÓ LA MUERTE tu huerto, Michi, y fue en Astorga y el huerto estaba desolado y tú solo. Otra vez la muerte adelantándose a la deuda, la que te tengo. Me piden que escriba algo. Ahora lo llaman obituario. Necrológica escribo yo a pie de tumba, a salto de liebre también espantada por la cacería de la muerte que estos días abrió en Madrid una gigantesca carnicería, tu Madrid, tu noche, tu casa en la calle Ibiza... Llamé a Andrés para que escribiera algo. Lo hará. Ayer estaba atropellado y atrapiellado entre viajes a Murcia y un artículo largo que le pidió El País sobre la hecatombe ferroviaria que firmó la tropa «haschissina» y marroquí de Bin Laden. Andrés te quiere, Michi. Cree que fuiste el más piadoso y confundido en la crucificación colectiva del padre, que el corazón te puede y el talento lo tenías. Habíais firmado hace poco para una edición que le está ultimando a la obra más grande de tu padre, Escrito a cada instante; saldrá en breve y, como todos los suyos, será un libro mimado. Te escribirá. Hacía tiempo, Michi, que no hablábamos. Y esto que hago ahora no es hablarte ni escribir, sino lamentar. La vida nos colocó siempre a cada cual al extremo de un hilo telefónico. Es curioso. Pero cuánto cabe por ese cable. Fueron nueve meses hablando casi todos los días y la conferencia era de hora tendida. Con tu madre, otro tanto (¡qué pulcro dolor el de su voz, cuánta elegancia en la frase y en el ir muriendo!). Os consumía la impaciencia y las dilaciones inexplicables de una Universidad de León que racaneaba meses y meses en evaluar, calcular y acordar la compra del legado de Leopoldo Panero, la última riqueza del padre, originales, fotos, libros... Qué vergüenza. Meses y meses para deciros que no, que no interesaba la obra de ese poeta leonés, «que además había sido franquista», dijo un vicerrector ceporro y grandón. Aquellos días con tu madre, de despacho en despacho, los tengo imborrables. Fumamos mucho. Maldijimos. El precio del legado era una ganga, cuatro millones (el aula Picasso de Málaga lo acabaría comprando por el doble y allí está) y sabían además de la urgencia personal en la que estábais, otra barranca más de las que la vida os puso en serie. León no os perdona. Aquella película os es como un estigma hebreo en el chaquetón de estos inviernos que dicta el Teleno maragato, calles heladas con un descorrerse los visillos a vuestro paso por Astorga, como recordaba tu madre en El desencanto. Esa película fue lo primero que evocaban ayer al conocer tu muerte. Una piedad rústica les obligaba a la coletilla: ¡pobre gente, cómo se ha cebado la desgracia en esa familia!... Escribiste mucho y publicaste en libro nada. Artículos, ensayos cortos, poemas, canciones... Te precedían dos hermanos con volumen de estantería y predicamento. Esa tarea, lo de escribir en bulto y lomo, pensabas que sólo se debe hacer cuando ya no se puedan hacer otras cosas. Ahí le diste. ¿La gloria o la pasión? Elegiste. De la inteligencia te ha gustado su belleza, no su industria. Y has vivido. Hace casi dos años me llamó Andrés comunicándome el penoso estado de salud en que te encontrabas y que estabas dispuesto a volver a Astorga, que habría que buscarte un acomodo, un empleo, un pasar decente el tranco que se te venía encima, que hablara con Perandones, el alcalde... pero ya estaba advertido y ocupándose. Juanjo se portó; también te quiere. Y volviste a Astorga... a seguir el ir muriendo de tu madre, volviste al útero y al recuerdo que se hizo llaga de tanta cuchillada. El destino te colocó de nuevo ante la herencia del padre, la vieja casa que crujía de abandonos, el jardinete devorado, el estanque mudo... No debió ser buen trago. El director de este periódico te propuso -lo celebré no sabes cómo- que escribieras en mi columna los días que descanso. Te vendría bien, le dijiste, pero el corazón te mandó al hospital. Ya después no te animaste. Mascando la muerte tampoco se puede escribir algo que no sea obsceno o penoso. Tú no lo harías. Y te guardaste tu pena, que era como ceniza y ruina. La elegancia de Felicidad Blanch te acompañó. El cariño y la bondad de tu tía Odila te acolcharon el alma todo este tiempo astorgano; te quiso como de su entraña. La tierra del padre te llamó. Miraste al Teleno buscando. ¿Te llamaba tu madre?... Y ahora, a tumba abierta, recuerda a las mujeres que amaste y a todas las que te amaron. Recuérdalas. Pasa de un trago la muerte y redivive tú en su corazón. Paula y todas están llorando por tí. Que la paz, querido Michi, te rodee y te repare. Desde el otro extremo del teléfono, un beso y una pena enorme.