La voz que brota del corazón
La mezzosoprano madrileña volvió a dejar constancia en el Auditorio de León de que su voz es la mejor embajadora de España en el mundo

La soprano madrileña María José Montiel, poseedora de una de las más hermosas voces de su cuerda
En la moderna historia del canto han existido y existen muy buenas cantantes e incluso cantantes grandiosas cuyas voces destacan bien por la extensión de su registro, por su timbre, por el color, o por la forma de decir el texto. Sin embargo muy pocas han tenido la virtud de reunir un su conjunto todas estas cualidades que adornan sin limitaciones a la sensible mezzosoprano madrileña María José Montiel. Su voz, o mejor dicho su canto, no tienen demasiado en común con el de otras admiradas cantantes de su cuerda, debido a que su registro además de abarcar cerca de dos octavas y media, es capaz de emitir con perfecta resonancia desde un La bemol 2 a un Sibemol 4, con un estilo florido y dramáticos acentos proporcionando con ello una emocionante calidad tonal. Clasificada como una mezzo dramática cuando se la escucha casi en la intimidad, como en el delicioso recital que el pasado viernes ofreció en el Auditorio, nos damos cuenta de inmediato que nos encontramos ante una de las más hermosas voces de su cuerda con un timbre de una belleza subyugante capaz de unos pianísimos de quitar el aliento, de encaramarse en los registros agudos sin ningún tipo de tirantez o de colocarse en el mismo centro del registro y mantenerse allí con harta generosidad mostrando toda su redondez y transparencia. Admira en María José esa agilidad para sortear los pasajes floridos con un fiato perfecto y un legato acorde a cada grupo de frases. Recuérdese esa maravillosa Cancao do verso de Ernesto Halffter o Tristesse donde la forma de decir el verso fue más allá de la mera expresión tonal para dejarnos transidos con la dulzura incomparable de su timbre, tierno, penetrante, que puede conmovernos hasta hacer arrancar lágrimas de sufrimiento o hacernos enmudecer de alegría. Inició el recorrido por las siete canciones populares de Falla, tal vez lo menos sugerente del programa pues no es María José amiga de paños morunos, jotas o seguidillas, sino que su voz se adecua más al canto sensible de una nana, o al desgarrado sentir de una madre que le dice a su niñito negro desde lo más hondo de su corazón cosas tan tristes y a la vez tan esperanzadoras que quien las escucha se estremece con el néctar de una melodía nacida del sufrimiento, la abnegación y el desconsuelo. Su dominio de la vocalidad, su perfecta dicción en tres idiomas y su total entrega en la interpretación, hicieron de cada grupo de canciones del recital sendos ramilletes de la mejor música de lied de la que de nuevo surgió la Nana monsalvatgiana y la Modinha de Olavide, con las que María José se identifica plenamente. Con naturalidad, sencillez, tono comedido, intimista y con un manejo de la media voz asombroso, además de una expresividad conmovedora, a la que une la nitidez de la dicción, la fluidez de la exposición y sobre todo un sentido de la proporción envidiable, María José sabe perfectamente donde regular intensidades, ensanchar o adelgazar según la intencionalidad del texto pero sin perder nunca el sentido del tino y la medida., con gusto y en especial con suma musicalidad que es lo que a esta prodigiosa mezzosprano madrileña le sobra por los cuatro costados. Las cuatro propinas que regaló a un público entregado, comenzando con la siempre esperada Habanera de Carmen, fueron otras tantas gemas canoras de un recital lleno de poesía, sensibilidad e inteligencia como sólo una artista del nivel de María José Montiel puede ofrecer.