La melindrosa Marcela
En que un cabrero llamado Pedro trae noticias de una tragedia pastoril y nos convoca para un entierro un poco surrealista

ABRALDES
Amigos, ha muerto Grisóstomo. Y ustedes me dirán ¿ése quién es? Ah, pues para saberlo tendrán que leer esta historia, que el capítulo de hoy la cuenta en un ejemplo bastante frecuente en este libro de narraciones dentro de la narración principal. Eso es lo que se llama metaliteratura, palabreja que les aconsejo utilizar a la primera de cambio, porque lo cierto es que impresiona mucho. Una vez dicho metaliteratura en el bar, por ejemplo, ninguno de ustedes volverá a ser el mismo a ojos de los demás parroquianos. Pero vamos a lo nuestro. Cuando ya creemos que don Quijote y Sancho duermen con los cabreros, se aparece por allí un tal Pedro que viene del pueblo con la noticia fatal. La historia es la siguiente. Parece que entre la juventud adinerada se está poniendo de moda lo de vestirse de pastor y echarse al monte. No es el botellón, pero tampoco parece demasiado normal. El caso es que había en el pueblo un hombre rico llamado Guillermo, que tuvo un hermosa hija, muriendo la madre en el parto. El hombre, de pena, muere también, y queda la niña huérfana al cuidado de un tío sacerdote (esto ya parece una ópera de Wagner). El cura la guarda con celo, pero la belleza de la sobrina, que se hace adolescente, atrae a docenas de candidatos a marido, a los que, obviamente, ella desdeña. Y un día, ¡toma ya!, la joven se viste de pastora y se echa al monte. Allá, claro, van detrás los pretendientes, con lo cual no deja de tener gracia la cosa. Estudiantes hechos y derechos que deciden vestirse con pieles de borrego y alpargatas, que se dedican a suspirar y lamentarse de los desdenes de la melindrosa Marcela. Y parece que, por el campo, junto con los ruidos propios de la naturaleza, se escuchan también cantos y lamentos de los amantes rechazados. Dos de estos botarates son el finado Crisóstomo y su amigo Ambrosio. Aquel era hijo de un hidalgo rico, y estudió en Salamanca. De vuelta a la aldea, se dedicó con entusiasmo a la astrología, y aconsejaba a su padre sobre las cosechas, y predecía los eclipses (a todo esto, el cabrero narrador llama cris al eclipse, estil a la tierra estéril y Sarna a la bíblica Sara), hasta que, embobado por los encantos de la nueva pastora, se vistió de pastor también él, junto con su amigo, y ambos la siguieron por prados y montañas. Parece que el muerto dejó muchas últimas voluntades, entre las que se encuentra el lugar donde quiere ser enterrado: al pie de una peña sobre la cual vio por primera vez a Marcela (como una Virgen de Fátima laica). El cura no quiere saber nada de ritos paganos, pero los amigos del muerto están decididos a ir a por todas. El entierro es mañana. Don Quijote asistirá, y yo también. 1397124194