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Y después ¿qué?
El experimento sonoro para familias del Auditorio, demostró que aún queda mucha labor pedagógica por hacer
Aunque para la mayoría de los padres, profesores y alumnos que el pasado miércoles asistimos en el Auditorio al experimento sonoro que la orquesta del Nalón dirigida por Manuel Paz, sobre una idea de Pachi Poncela, resultó mejor de lo que muchos, incluido yo mismo, habíamos podido imaginar, al llenar la sala sinfónica con niños en edades comprendidas entre cinco y catorce años provistos de sonajeros, llaveros, móviles, botellas llenas de lentejas, papeles de caramelos, fregonas, y todo lo que fuera susceptible de hacer ruido, lo cierto es que el hecho da pie para una somera aunque seria reflexión sobre el papel de lo lúdico en la enseñanza y las consecuencias positivas o negativas que este suceso provoca en los niños. Aunque la idea de hacer partícipes a los espectadores de la edad que sea en la marcha del concierto no es nueva, la pregunta sería ¿partícipes de qué música, con qué instrumentos y sobre todo en qué lugar? Las dos composiciones escritas precisamente para que el concierto tuviera consistencia no sólo era inconsistente sino que, si se hubieran suprimido y se hubiera dejado a los niños y mayores con sus respectivos instrumentos, la cosa hubiera tenido su mérito. Bazofia entre risas Es una pena que músicos jóvenes que dicen serán profesionales se presten a tocar en estos espectáculos y mucho menos que lo hagan tan mal. Al menos un poco de afinación en las secciones hubiera ayudado a mantener ese nivel medio para que la música no se convirtiera en lo que nunca debe ser: es decir, bazofia envuelta en risas. Cansados estamos de ver por televisión programas similares a éste, donde los niños se convierten por unas horas en estúpidos espectadores-partícipes, que sólo están allí porque les hace ngracia las sandeces que hacen y dicen los que ganan millones sobre un escenario a cuenta de la estulticia contagiosa que tratan de inculcar en nuestros hijos. Y ya, por último, el lugar. Si realmente es tan necesario, según ellos, este tipo de espectáculos para aficionar a los niños y no tan niños a la música, lo primero que debería hacer quien programa estos conciertos es saber discernir dónde se exhiben y acordarnos de que tenemos un hermoso Palacio de los Deportes donde cobijarlo. Si continuamos utilizando el Auditorio como cajón de sastre donde lo bueno, lo malo y lo mediocre tienen cabida, entonces pronto tendremos que convenir con aquel político que dijo: «Este auditorio es un lujo para quienes aún no han salido de la Edad Media». Profesores, padres y alumnos estamos luchando porque nuestros hijos aprendan a escuchar la mejor música desde su más tierna infancia en las condiciones adecuadas, con los instrumentos, los medios y los docentes adecuados. Les exigimos que sepan comportarse en un concierto, que no coman caramelos, que apaguen los móviles, que no salten en los asientos y, sobre todo, que mantengan la atención y la educación debida. En cambio, somos nosotros los primeros que fomentamos lo contrario bajo el eufemismo de «es un concierto para divertirse». La música, si está bien tocada y además es buena, divierte por sí misma sin necesidad de convertir en un circo los auditorios donde nuestros hijos son los monos de imitación. Estúdienlo quienes programan sin criterio para que después no lo tengamos que lamentar todos.