SIN MANDO
Ana Rosa y el protagonismo
ME GUSTA Ana Rosa. Sí. Me gusta porque es la reina de las mañanas, y eso, tal y como está el patio, se merece unas cuantas reverencias, pero, sobre todo, me gusta porque es capaz de ceder el protagonismo a sus colaboradores y no tenerlos de comparsa. A ella debemos que Belén Esteban sea capaz de madrugar de lunes a viernes, aunque sólo sea para cantarle no sé qué coplilla al Condelé, Conde Lecquio para el resto de los mortales. Y todo, sin que a Ana Rosa se le reduzca el ángulo de esa sonrisa de la que se sabe señora. Y es que ser madre de gemelos a los cincuenta, ser portada de una revista en la que, por cierto, cada día se parece menos a aquella señora que presentaba Veredicto , promocionar no sé cuantas cremas y encima poner cara de interés desmedido ante los problemas domésticos de los grandes hermanos es como para que te hagan un monumento. Da igual el tema que se trate, el suceso más truculento o la noticia más exclusiva, Ana Rosa sabe implicarse en su justa medida, con ese aire de niña que nunca ha roto un plato. No en vano, ha conseguido que pocos recuerden ya aquel libro, Sabor a hiel , que escribió con el sudor de su frente y, sobre todo, con el de otra persona, y por el que supimos que la informática no era su fuerte. Afortunadamente, la televisión sí.