Diario de León
Publicado por
ANTONIO GAMONEDA
León

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Chencho, te has ido, me dicen, de la misma inesperada manera que has tenido siempre de aparecer y desaparecer: sin avisar o con el aviso extraviado en algún olvido. Eras -quiero decir, eres- incorregible. Durante muchos años, te vi entrar y salir con incomprensible discreción de los cauces difícilmente secretos o cautelosamente equívocos de la ciudad. Lo supuesto y lo incierto eran la misma cosa en tu pensamiento, de igual manera que no había diferencia entre el día y la noche, entre lo sucedido y lo que no iba a suceder. Es curioso que éste no saber a qué atenerse contigo, que en otro pudiera ser indicio de informalidad, en ti era -es, quiero decir- una manera de esconder tu bondad, de igual modo que el repertorio de tus inseguridades era -es, quiero decir- una argucia para disimular tu talento. Finalmente, nos engañabas a todos diciéndonos la verdad. Incorregible, incorregible. Tú y yo no éramos amigos de todos los días y tampoco éramos amigos de no se sabe cuándo; éramos amigos de siempre; de un siempre que no se mide por días ni años, sino por memorias y desmemorias. Y así siguen las cosas: entre el saber y el no saber, que, en tu caso, eran, -quiero decir, son- la misma cosa. ¿Ves? Ya me has alborotado los tiempos verbales. Hay un contagio; para ti, esta precisión verbal resulta prescindible o indiferente. Siempre estamos en lo mismo. Extrañamente, hay dos o tres cosas que, no sé cómo, se me han vuelto indudables. Por ejemplo, una larga entrevista que me hiciste hace un montón de años, en una conversación de la que yo salí pensando que no te habías enterado de nada (incluso llegué a sospechar que no me habías entrevistado, que era posible que tú estuvieses en un bar y yo en otro), y luego resultó ser la entrevista más profesional e inteligente que nunca se me hubiera hecho. ¡Cómo son las cosas! Otro día (de esto hace menos tiempo y también puede no haber sucedido todavía) cuando yo habría de estar contigo para no sé qué asuntos de ferrocarriles, resulta que sí, que estábamos juntos pero era en la Collada de Aralla. Tu comías con buen apetito y yo no sabía a qué carta quedarme. Finalmente, lo resolviste todo enseñándome unos mazacotes (¿eran de piedra o de cemento?) en los que, grabado a escoplo, decía: «Trinchera del capitán Lozano», y también: «apunta bien miliciano y defiende a la República. avajo el fascio». En resumen, que no se te puede hacer caso aunque tengas siempre razón. O todo lo contrario, que viene a ser igual. Por eso no acabo de enterarme de que te hayas ido y de que yo esté por ello seriamente triste. Contigo, nunca se sabe.

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