Diario de León
Publicado por
JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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El DOMINGO por la noche había dos películas de calidad razonable en la pantalla. En TVE-1, Gothika , de Mathieu Kassovitz, de cosa sobrenatural y mucho susto; en Antena 3, El libro negro, de Paul Verhoeven, ambientada en la Holanda ocupada por los alemanes en las postrimerías de la segunda guerra mundial. La crítica dice que Verhoeven aporta en esta película una visión distinta, mucho más realista que los ejercicios épicos habituales, sobre la ocupación nazi de Holanda. El caso es que el asunto me interesó y me dispuse a ver El libro negro . No puede aguantar hasta el final: me fui a la cama sin ver cómo termina; y como yo, cientos de miles de espectadores. Ver cine en cualquiera de nuestras cadenas generalistas se ha convertido en un verdadero suplicio; los cortes publicitarios son tantos y tan largos que terminan hastiando al espectador; estropean la película, porque le rompen el ritmo, y estropean la disposición del espectador, porque le rompen la paciencia. Cuando además se trata de películas particularmente largas, ya porque son en realidad miniseries concebidas para emitirse en varias entregas, ya porque son versiones extendidas de las cintas originales, entonces el paisaje se hace letal: no hay quien aguante. Esta película de Verhoeven, El libro negro , dura 140 minutos. Traducido a tiempo real de televisión, eso significa casi 200 minutos, es decir, más de tres horas. Para sentarse delante del televisor y tratar de seguir una historia de más de tres horas, desde las diez de la noche hasta pasada la una de la madrugada, hace falta: a) Una paciencia sin límites; b) Una vejiga del tamaño de un globo aerostático; c) Una memoria notable, porque es difícil no olvidar el hilo del relato con tanta interrupción; d) Ser inmune al sueño; e) No tener nada que hacer al día siguiente, lunes, cuando la gente vulgar vuelve al trabajo; f) Profesar una fidelidad inquebrantable al director, o a los actores, o a la historia en cuestión, porque hace falta mucha voluntad para no desertar por el camino. Como es difícil reunir todos esos requisitos a la vez, lo más probable es que el espectador, sencillamente, vea la película como quien ve pasar el autobús en un día de holganza: te quedas mirando con indiferencia, quizá subas un ratito, te bajas en cualquier parada, tal vez vuelvas a subir, pero sin el menor interés; basta con que no se le pinchen las ruedas. Esto significa una devaluación galopante del producto, del programa, de la obra que estás viendo; es como si la película en cuestión no tuviera la menor importancia y, de hecho, no la tiene, sino que está puesta ahí como podría estar cualquier otra cosa, sin más finalidad que cubrir horario y transportar publicidad. El cine, en efecto, no importa. El espectador, aún menos.

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