Incendiando la noche
Eutherpe cierra la mejor edición de sus cursos. Solaun, Trigueros, Melikyan, Valero, Petrova, Ciampa y Barca, nombres para recordar en la moderna historia del piano y dirección de orquesta

Concierto de la Joven Orquesta de Andalucía en el Auditorio, como broche de los cursos de Eutherpe
Destacar algunos nombres por encima de los otros doce intérpretes que este año asistieron al quinto Curso de Piano y Dirección de Orquesta que la Fundación Eutherpe organiza cada verano en León es un agravio comparativo, por el que pido disculpas de inmediato. El nivel alcanzado por todos los alumnos seleccionados ha hecho casi imposible hacer distinciones de excelencia; sin embargo, siete de estos alumnos, por llamarlos de alguna manera, porque todos son auténticos maestros, han brillado con una luz un poco más intensa, conviertiendo el escenario del Auditorio en una suerte de Carnegie Hall de la música. Todo hubiera sido menos clamoroso y desde luego mucho menos brillante si la Orquesta Joven de Andalucía, que acompañó cada día a los solistas, no hubiera tenido detrás el nivel, la entrega y el trabajo de un maestro como su director titular, Michael Thomas, que entregó a Bruno Aprea una formación de campanillas, una máquina de hacer música, con unos profesores cuyas edades oscilan entre los 13 y los 21 años, lo que la hace envidiable se mire por donde se mire, cuando otras formaciones más veteranas no se acercan ni de lejos. Un ejemplo del que deberían tomar buena nota de inmediato nuestros responsables culturales, para intentar crear en León una cantera de jóvenes músicos que participen de estos cursos y se beneficien de las enseñanzas de los maestros y no encontrar cada año un vacío vergonzoso de alumnado leonés. ¿Para qué entonces el Conservatorio y las Escuela de Música? ¿para ser almacenes de alumnos? En estos cinco años no ha habido ni un solo pianista ni director que haya salido de nuestra ciudad o comunidad, cuando en el resto del mundo se disputan cursos de este nivel que sólo se imparten en Tanglewood o en la Jullliard neoyorkinas, a precios millonarios. Aquí los ignoramos, porque, como decía Lampedusa, «somos dioses y creen poder cambiarnos, pero se equivocan porque nada cambia a los dioses». Si el primero de los dos conciertos de clausura fue ya espectacular, con nombres como Francisco Valero en el podio y Sofya Melikyan como solista, que brindaron un Concierto nº 2, de Saint Saëns, de disco, por la pulcritud, cuidado fraseo y la soberbia línea de canto, dulce y brillante sin artificios, sin mermar en ningún momento toda la escala dinámica y el calor de su sonoridad, Ana Petrova y de nuevo Valero brindaron otra lección de alta escuela con el Concierto nº 1, de Chopin, donde obtuvo la máxima unión entre el tenaz esteticismo sonoro y la hondura espiritual, resolviendo melodismo y tímbrica en un solo gesto. Ciampa y Miguel A. Barca deslumbraron con ese Listz profundo y sutil, en el que Barca consiguió un rubato lógico y bien entendido. Por último, el mejor de los conciertos, el que brindó el joven valenciano Josu de Solaun y José Trigueros, al frente de la orquesta, en uno de los ejercicios más escalofriantes del moderno pianismo: el nº 3 de Rachmaninof, cuyas dificultades técnicas y momentos de escalofriante suspense, alternaron con unas sonoridades que fueron como rayos de sol entre nubes. Un portento sonoro y comunicativo el que Josu consiguió electrizando a la sala y mostrando a uno de nuestros más grandes pianistas jóvenes del momento. Trigueros controló con mano férrea las dinámicas y cuidó al máximo las entradas con el solista, lo que produjo un efecto impactante de dominio y rigor expositivo. Un soberbio fin de fiesta con Horacio Gutiérrez, su maestro, y Bruno Aprea exultantes de los logros de estos milagrosos intérpretes. ¡Para la historia de la música en León!