EL INVENTO DEL MALIGNO
Listillos
LA TRAGEDIA de Barajas ha puesto de manifiesto que si algo falla en este país son los servicios de atención al cliente. No es de recibo que una lista de pasajeros tarde siete horas en darse a conocer, que se facilite un teléfono de atención que en los primeros minutos (¡demasiados primeros minutos!) siga funcionando como un teléfono de reservas de billetes o que desde el primer minuto no se informe a pasajeros de otros vuelos de lo que ha sucedido o si el aeropuerto de Barajas está o no cerrado. Todos los programas especiales que han realizado las cadenas de televisión estos días se han hecho eco de este caos organizativo que nos aleja de Europa y nos sumerge directamente en el tercer mundo. En Europa, con unas organizaciones de consumidores muy potentes, es inaudito que ante un percance, accidente, tragedia o simplemente ante una mínima cosa que no funcione, no se ponga una reclamación que, si no es inmediatamente atendida, acabe en un juzgado. Aquí es todo lo contrario. Nadie da explicaciones por nada, se ponen pocas reclamaciones y las que se ponen, tras horas de averiguar, dónde, cómo y cuándo hay que ponerla, no sirven de nada. Yo mismo, y perdonen que hable de un caso personal pero que resulta muy esclarecedor, puse una reclamación ante una compañía aérea española por un vuelo de la ruta Niza-Barcelona, que tenía que haber salido de la capital de la Costa Azul el 26 de mayo a las once de la noche y que finalmente, y sin ninguna explicación a los pasajeros que esperaban, los únicos que quedábamos ya en el aeropuerto, lo hizo a las cinco de la mañana del día siguiente. A pesar de haber tenido que rellenar un farragoso impreso dejando todo tipo de datos personales, la compañía aérea, a fecha de hoy, aún no se ha dignado responder. España está llena de listillos. Hace unos días nos enteramos de que ninguna compañía de telefonía cumple con lo que prometen. Anuncian tres megas en las conexiones de Internet y en realidad, aunque pagas por tres no te ofrecen ni uno. En Europa algo así habría provocado la denuncia inmediata a los responsables de las compañías. Aquí damos por descontado que todo el mundo te engaña y que no te van a dar explicaciones. Es encomiable que los servicios de emergencias funcionen estupendamente, que exista un comité que coordine las ayudas desde el primer minuto, pero a veces, más que en la coordinación de las grandes catástrofes, es en los pequeños detalles donde se ve el funcionamiento de un país. ¿Y qué tiene esto que ver con la televisión? ¿Cuántos de ustedes se han sorprendido cuando una cadena anunciaba una emisión para poner, sin aviso, otra distinta? Y no me refiero a levantar la programación ante una catástrofe, lo que está más que justificado. ¿Cuántos de ustedes han intentado averiguar, con los tres días previos que obliga la ley, la programación de una cadena? Absolutamente imposible, ni teletexto, ni Internet... Las programaciones de televisión son un secreto de Estado. Las cadenas de televisión, consideradas como servicio público, están llenas de listillos, conscientes que la falta de información a sus espectadores les es muy rentable.