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JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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APABULLANTE. Eso es lo menos que puede decirse de The Company , la miniserie norteamericana de espías con la que Cuatro ha estrenado curso, mes y temporada. The Company es apabullante por la calidad de su puesta en escena, por la excelente producción, por las perfectas interpretaciones, por la intensidad de su relato. Se trata de una producción de Ridley y Tony Scott que ha amadrinado la cadena TNT (sorprendente nombre, ¿verdad?) y que cuenta en tres cuadros -o cuatro, según se mire- la historia de la guerra fría vista desde dentro de los servicios de espionaje. El relato de The Company se basa en la novela homónima de Robert Littell y nos lleva desde el Berlín de la segunda posguerra mundial hasta la Hungría de 1956 y la Cuba de 1960 para acabar en el Moscú de la perestroika. Sus protagonistas son los agentes de la CIA y de la KGB, y de paso se nos cuenta, con bastante buen tino, la historia de buena parte del siglo XX. A la crítica le gusta incidir en aquellos aspectos que pasan desapercibidos para la mayor parte de los espectadores: la sincronización de música e imagen, la iluminación de los escenarios, etc. Es una forma de decirle al público «yo veo cosas que tú ignoras» (una forma muy legítima de pedagogía). En The Company son extraordinarias, en efecto, la música de Jeff Beal (es el mismo que en Rom a) y la economía de luz que administran los hermanos Scott, pero quizá lo que más impresiona en la serie es precisamente lo que se ve y se oye: las interpretaciones, los escenarios exteriores, los diálogos¿ Ojo a los diálogos, que son sencillamente impecables: por densidad expresiva, por belleza (sí, sí: belleza, esa paria desterrada de la tele), por concisión, por intensidad, por sentido de la oportunidad. En la mayor parte de los productos televisivos, incluidos los de gran calidad (véase CSI ), los diálogos están puestos al servicio del discurso de la imagen, subordinados a la narración visual, y ahorran -cicateramente- la expresividad para emplearla tan sólo en las cuatro o cinco secuencias fundamentales de la trama. En The Company , no: aquí la gente dice muchas cosas, todas ellas cargadas de sentido, y sobre esos diálogos y parlamentos se construye la historia interior de cada uno de los personajes; como además están escritos con la evidente finalidad de expresar mucho y hacerlo bellamente, escucharlos es una fiesta para la inteligencia. Semejante tensión expresiva no se mantiene, por supuesto, a lo largo de todo el relato -sería agotador-, pero sí salpica la historia con la frecuencia suficiente para adquirir un protagonismo decisivo. Una serie, en fin, que hay que ver. Buena adquisición de la cadena Cuatro.

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