Diario de León
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León

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ASÍ COMO es plural el título que ampara este premio, varios son también los rótulos con que me atrevo a fragmentar la vida de doña Concha Casado, como cuatro señales lapidarias, dispuestas a regulares intervalos en un largo itinerario: niña con pañuelo y mantón, la chica del mandil, la mujer de la cámara, la anciana de la cachava.

Ahora bien, si cambiáramos el paradigma desde el camino a la música, todos los temas posteriores de su vida estaban ya presentes en esa mínima y sonriente obertura que compone, retratada en Truchas con otras nueve en 1934, la niña con pañuelo y mantón: pañuelo a la cabeza rubia y mantón de merino en los hombros. Porque once años después, en 1945, volvió al mismo lugar donde había posado fugazmente con aquella indumentaria de la tradición antigua. Para entonces ya era una joven con su carrera terminada en Madrid, dispuesta a sorprender la delgada corriente que enlaza las palabras y las nominadas cosas, tantas cosas del mismo ámbito tradicional al que volvía para quedarse un tiempo de silencio y fascinada observación. Han pasado setenta años. De aquel mundo explorado por la joven rubia ya no queda nada. Uno se pregunta ahora si la decisión de entonces no sería un poco quijotesca, dulcemente, por eso, condenada al fracaso melancólico; y no obstante, también se nos antoja ese último destello fugaz de la pavesa al caer. Pero de todas formas, ella emprendió su estudio como cualquier otra mujer que, al disponerse a sus tareas, se pertrecha con un mandil.

Esa era en verdad también la suya, una tarea doméstica, y fue la chica del mandil, por esa prenda campesina, ya no sólo para proteger el vestido, la falda o la saya del ama de casa, sino también para esconder a las miradas indiscretas o desconfiadas la libreta de muelle en que se iban posando las aladas palabras de la antigua fala cabreiresa.

Cuando acabó la faena de

y se quitó el mandil, empezó el tiempo de plenitud de energías empleadas en la dirección de instituciones y proyectos, junto con la investigación científica y la divulgación escrita y conferenciante.

Fue un periodo largo y premiado con el aprecio al que se hizo acreedora por parte de sus compañeros, maestros y algunos también amigos, única mujer entre ellos y en pie de igualdad con ellos, los grandes nombres de las letras de entonces: Pidal, de Diego, Lapesa, Dámaso, Caro Baroja.

Había llegado el tiempo de la mujer de la cámara y centenares de diapositivas, finalmente donadas al ILC, compendian décadas enteras e innúmeros objetos memorables, fruto de sus correrías, no menos incansables, por todos los rincones y ámbitos de la provincia. Y esa mirada múltiple y obstinada de su cámara siempre al cuello fue galardonada este mismo año 2008 en Astorga con un premio de cine y la edición de un bello libro con el material de la Cabrera.

Cuando eso ocurrió, ya era la anciana de la cachava, pues que tal desde hace algún tiempo viene siendo el apoyo de sus andanzas por las tierras de su adopción cabreiresa, dibujando así la figura benigna, pacífica y doméstica, definitivamente desprendida del viejo enigma edipiano al atardecer.

Doña Concha ha sido en verdad protagonista con esos cuatro papeles sucesivos en una única película de bien tramada urdimbre vital y narrativa. Justo es que un premio de película, ya no sólo de cine, así lo certifique, refrende y reconozca.

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