Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

El invento del maligno JOsé JAVIER ESPARZA

C inco episodios, cinco, todos seguidos, desde el principio de la noche hasta la honda madrugada: esa es la dosis masiva que Telecinco propone a los espectadores de Mentes criminales cuando el viernes termina y se hace sábado. Mentes criminales es una serie singular, con un público muy fijo, muy fiel, que se ve los capítulos incluso repetidos, y que es capaz de aguantar incluso tan bárbaro maratón. No es mucha gente: aproximadamente millón y medio de espectadores. A veces son más y a veces son menos, pero esa es la cifra habitual. Y lo que sorprende es precisamente que siempre sea la misma cifra, lo cual seguramente indica que son invariablemente las mismas personas. Este es el tipo de público -”piensan los canales-” que pagaría por ver un producto determinado si la tele fuera de pago. No son bastante gente para que su fidelidad se pueda traducir en términos de éxito en emisiones en abierto (siempre habrá un número mayor viendo otro tipo de programas), pero sí la suficiente para que adquirir una serie sea rentable si el espectador afloja la mosca. Pronto veremos este tipo de cosas cuando la TDT de pago sea una realidad. Pero al margen de estas consideraciones, y hablando de la serie en sí, lo que más llama la atención en su planteamiento es esto: se trata de un producto que deliberadamente toma por objeto narrativo al mal. El mal es un concepto específicamente humano, una de esas realidades que sólo se dan entre el homo sapiens sapiens y que nos acompañan desde nuestro mismo origen como especie pensante. Tratar de entender el mal ha sido una obsesión para todos los hombres de todos los tiempos. Teológicamente tiene una explicación muy sólida; humanamente, no tanto, y menos aún si adoptamos un punto de vista técnico. Seguramente por eso la fascinación del mal crece en nuestro tiempo, que es un tiempo más técnico que otra cosa. Los psicólogos forenses de Mentes criminales son técnicos del mal: se topan con un criminal patológico, uno de esos delincuentes que hacen mal porque su propia naturaleza les impulsa a hacerlo, y tratan de seguir sus pasos, reconstruir su lógica, recorrer su camino y entender sus pasiones. Intentan hacer todo eso para prenderle, no para curarle, y aquí es donde la insuficiencia de la perspectiva «técnica» se hace más patente: el forense de Mentes criminales , por lo general, logra entender por qué el criminal actúa, pero renuncia a cualquier intento de recuperación. Y en esa renuncia se encierra la moraleja habitual de la serie: el mal existe y podemos prevenirlo y conjurarlo, pero no eliminarlo. Los tiempos del optimismo antropológico han pasado ya. Una serie interesante, Mentes criminales .

tracking