Diario de León
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El invento del maligno José Javier Esparza

Nuestros congéneres -y eso nos incluye a usted y a mí- se dividen en dos grandes familias: una, los que han pensado alguna vez en emprender la fuga para escapar de toda esta basura (y no hablo sólo de la basura televisiva); la otra, los que, por el contrario, están encantados de retozar aquí. Me confieso parte de la primera familia, quizá como usted. Para esta familia de potenciales fugitivos, Cuatro emitió la otra noche una sugestiva película de M. Night Shyamalan: El bosque . Lo más importante en ella no es el argumento propiamente dicho, sino la parábola que encierra.

Resumen: una comunidad rural lleva una existencia armoniosa y equilibrada sólo turbada por el pavor a las maléficas fuerzas que habitan en el bosque; cierto día, una trágica circunstancia obliga a una joven ciega a desafiar a esas fuerzas para buscar ayuda en el mundo exterior, y entonces el espectador descubre que mientras Cuatro emitía El bosque , anduve echando una ojeada a los comentarios que el personal iba dejando simultáneamente en una importante web televisiva. Balance: sólo uno de cada diez usuarios entendía la película. Una buena parte del público la veía como una cinta de suspense e intriga, cosa que El bosque sólo es en parte; otra parte, mayoritaria, sencillamente no comprendía nada de nada. Es interesante ver cómo cada vez hay menos gente capaz de entender la rebeldía; no me refiero a los gritos, a las protestas o al gamberrismo, que eso lo entiende todo el mundo muy bien, sino a la rebeldía de verdad, es decir, a la que se traduce en un abandono del mundo para inventar una realidad distinta. Toda la historia de El bosque se concentra en eso: en la rebeldía. Tesis central: puesto que hemos creado una civilización que es una porquería, huyamos y creemos otra cosa. Nos han robado el alma con el pretexto de confortar nuestros cuerpos; renunciemos, pues, al confort de los cuerpos para salvar el alma, marchémonos de aquí y rompamos con esta gigantesca mentira. Pero entonces surge un problema: una vez libres, ¿qué relación mantener con el otro mundo, el que hemos dejado atrás? Si vivimos abiertos a él, corremos el riesgo de que sus tentaciones capturen a nuestros hijos; pero si nos cerramos a él, si ocultamos su existencia, entonces también nosotros estaremos viviendo en la mentira. Una reflexión fundamental para quienes creen (creemos) que otro mundo es posible.

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