Reportaje | marcelino cuevas
Jugando al corro con los chopos
Ramón Villa inaugura su instalación «Sierra» en el palacio de Don Gutierre

Villa, junto a una de las piezas que conforman su instalación.
El paso de los años hace que las personas -”los artistas también lo son, aunque vivan en el voluptuoso parnaso de las musas-”, revuelvan continuamente en el cajón de los recuerdos, rebusquen incansablemente en lo profundo de la memoria, revivan continuamente los lejanos tiempos de la infancia. Los nietos tienen que escuchar impávidos las largas peroratas de sus ancestros-¦ es ley de vida.
Pero hay artistas que saben aprovecharse de esta circunstancia vital. Este es el caso de Ramón Villa que, en la instalación que presenta en el muy leonés Patio del Palacio de Don Gutierre, traslada al espectador a una serrería que solamente existe ya en los más lejanos recovecos de su mente. «Es el recuerdo de amaneceres de invierno -”dice el artista-”. El viejo serrador, su llegada a la sierra, encender la lumbre y freír en su herrumbrosa sartén el habitual desayuno». «Ruda gastronomía leonesa -”lo cuenta el presidente de la Academia de Gastronomía en la provincia-”, chorizo en manteca, picante, graso, conservado en tinaja de barro. Pan de hogaza y trago largo y profundo de aguardiente-¦».
Para Ramón Villa, volver al viejo taller de su padre, el mismo que recorría una y otra vez cuando era niño, se ha convertido en una obligación cotidiana. En todas sus pinturas, pero especialmente en sus esculturas, está siempre presente el sonido ancestral de la vieja sierra: aserrín, aserrán-¦ Y, vuelta a la niñez, la visión del trabajo se une al juego del corro, mezclado todo con el agridulce olor del serrín y las virutas. Recuerda Villa el trabajo de su padre: «Dura actividad sin apenas ayudas mecánicas, los rueldos se mueven, danzan, sudan, desprenden olas de aromas a madera mojada». Y todo esto lo ha trasladado al recoleto patio sobre el que planean duras polémicas. En el suelo empedrado, las hojas caídas en este otoño recién comenzado. Y, sobre ellas, la danza en corro de los chopos, recuerdo mágico de las desaparecidas choperas que jalonaban los márgenes de los ríos leoneses. «Es -”comenta Villa-” la memoria circular, el rotar incansable de las cintas de sierra entrelazadas. Aserrín, aserrán , los maderos de San Juan». El juego infantil sigue rotando incansable en la memoria del artista entre las risas de niños y el sonido continuo, obsesionante, de la sierra artesana.