Diario de León

mundial de sudáfrica 2010

El jabulanazo de Zubi

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Con Clemente era como aquel chiste que tendría otra ubicación histórica y geográfica: Mamá, en el colegio me llaman amarrategui-¦ ¿Y tú que haces, hijo? Yo, me defiendo.

Como siempre ocurre, un entrenador al que se le acusa de excesivamente defensivo lo negará. Hasta el punto de que se olvidará de reivindicar sus principios, que, tal vez, explicados, puedan permitir otra versión al respecto.

Por eso, con lo que hay que quedarse de la era Clemente es con su carácter competitivo. Que lo tuvo y para demostrarlo están las estadísticas. Clemente ganó mucho, aunque nunca ganáramos nada. Y convirtió las fases clasificatorias en paseos triunfales. Solo fallaron dos detalles: el continuo ambiente de bronca y el catastrófico final en Chipre, con una derrota para la historia.

Y de hecho, en Francia 98 España era uno de esos equipos que llegaban con buena nota y con las aspiraciones intactas. Incluso, con ramalazos de buen juego. Pero Guardiola se lesionó. Y el escaparate requería de gente brillante, capaz de equipararse a nombres que dejaron su sello y permitieron momentos de buen fútbol en un acontecimiento, como un mundial, en el que el miedo a perder se traduce en tacañería. Pero, por allí, ese año, se pudo ver a Ronaldo, Bergkamp, Suker o la demostración de grandeza de Zinedine Zidane.

España falló. No solo fue caricatura de sí mismo, sino que la contundencia previa característica de los equipos de Clemente se diluyó como un azucarillo de debilidad futbolística y mental que hizo que la afición retirara la confianza a Javier Clemente. Al que al menos se suponía su capacidad para pasar una primera fase en la que los rivales eran Nigeria, Paraguay y Bulgaria.

Con la perspectiva del tiempo se puede decir que casi fue más grave el empate a cero frente a Paraguay, en el segundo partido, que el tropezón tremendo del primero, frente a Nigeria. Contra los nigerianos, España fue por delante del marcador. Primero, gracias a un gol de Hierro y, después, de Raúl. Aquel gol de Lawal, pasado el minuto 70 del partido, y que supuso el empate a dos goles, fue una de las cantadas más importantes de Zubizarreta, al menos la que contó con más focos y vio más gente. Que los equipos africanos habían dejado de ser comparsas en los mundiales se empezaba a comprobar en las propias carnes de los clásicos de la cita internacional. Y Nigeria no fue menos. Un gol de Oliseh, un futbolista que definía a la perfección la verticalidad y disparo de los jugadores de su continente, dejó al equipo español muy maltrecho, aunque con esperanzas de solucionar la primera fase.

Contra Paraguay se impuso el cerocerismo y, eso, en un mundial, hace suponer que a uno de los dos equipos le va a ir muy mal. Paraguay pasó a la siguiente fase con cinco puntos. Y a España solo le quedaba esperar al milagro imposible. Tanto, que goleó a Bulgaria (6-1) en una victoria inservible. Y es que, para entonces, ya estaba vendido todo el pescado. Por cierto, aquel balón que Zubi, descolocado, metió dentro de su portería a partir de un centro inocente de los nigerianos casi desde la línea la fondo no era este famoso Jabulani. Se llamaba Tricolore.

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