Duro y a la rodilla
Par a inaugurar la prodigiosa década de los 60, esos años ilusionantes significados por el nacimiento de la cultura del consumo que trajo consigo el despegue económico, la FIFA eligió a Chile como país organizador del Mundial 1962. No parecía la decisión más acertada, pues un terrible terremoto había devastado la nación chilena, provocando la muerte o la ruina de cientos de miles de personas. Pero, como es sabido, el fútbol produce milagros, así que a finales de agosto comenzaba a rodar el nuevo balón con el que se disputó el torneo, bautizado merecidamente con el nombre de «Santiago». Hasta 56 selecciones participaron en las fases de clasificación, un récord absoluto hasta la fecha, y España pudo volver a un Campeonato del Mundo desde que obtuviera el cuarto puesto en el Brasil 1950. Por cierto, nuestro equipo era una suerte de multinacional futbolística pues en la plantilla figuraban el argentino Di Stéfano, el paraguayo Eulogio Martínez, el húngaro Ferenc Puskas, el uruguayo Santamaría, además de técnico argentino Helenio Herrera. Semejante cóctel étnico no sirvió de gran cosa, pues La Roja fue incapaz de superar la exigente primera fase.
El Mundial de Chile estuvo marcado por el juego duro y, en ocasiones, a la rodilla. Las defensas sacaron la segadora a pasear, hasta contabilizar más de cincuenta lesionados a lo largo del torneo, con tres fracturas de pierna, una de nariz y otra de cadera. Entre los damnificados por unos sistemas defensivos que parecían vivir en estado de excepción se contaba el gran Pelé, percance que no restaría brillo a un campeonato que supuso todo un éxito deportivo. La emoción se hizo dueña de choques como el Chile-Italia, plagado de patadas y expulsiones, o el Unión Soviética-Colombia, en el que los sudamericanos lograron tres goles en apenas diez minutos. Brasil se mostró intratable pese a la ausencia de su gran estrella y repitió título al vencer por 3-1 a Checoslovaquia, después de que sus jugadores lograsen mimar, abanicar, pro teger y hasta acunar a la pelota.