Pickles y Willie
E l gran festival del fútbol internacional recaló, allá por 1966, en la misma cuna del balompié, pues Inglaterra fue la responsable de su organización. Mediada aquella década prodigiosa en la que, a decir de los más puristas, el buen gusto quedaría guillotinado a manos de la música pop y otras modernidades, los partidos de fútbol habían sustituido definitivamente a las justas medievales, aunque a lo largo del campeonato se vivieron escenas muy poco recomendables. En realidad, la polémica se inició antes del comienzo, pues la Copa Jules Rimet desapareció del Centre Hall de Westminster, donde estaba expuesta. Scotland Yard movilizó todos sus recursos pero no conseguiría dar con el ladrón, a pesar de la recompensa de 6.000 libras que ofrecieron por su captura. Finalmente, un perro llamado Pickles dio con ella al escarbar en el jardín de su dueño, un tal David Corbette. El intuitivo chucho fue premiado con comida canina de por vida. Tampoco podemos olvidar a Willie , un leoncito que se convertiría en la primera mascota registrada en la historia de los Mundiales.
España lucía por entonces el título de campeona de Europa y, por eso mismo, figuraba en la selecta nómina de aspirantes a la victoria, gracias a un equipo muy aseado y atento a los principios básicos del fútbol en el que destacaban talentos como el de Pirri o Luis Suárez. Pero, como en tantas otras ocasiones, la suerte resultaría esquiva y Alemania nos remató con la puntilla final. Precisamente el once alemán era uno de los grandes favoritos, junto al equipo anfitrión que dirigía con mano de hierro Alf Ramsey. Unos y otros se plantaron en la final tras salvar escollos de tamaño considerable -léase Argentina o la Portugal del gran Eusebio- , disputada en Wembley el día 26 de julio. Ganaron los pross , después de que un polémico gol-fantasma atribuido a Geoff Hurst decantara la balanza para el bando local. Años más tarde, se llegaron a subastar trozos del césped sobre el que se disputó tan caliente e inolvidable partido.