La gimnasta que se hace entender con las manos
Aprendió a hacerlo desde pequeña en su casa. Con gestos. Con sonrisas. Sin una sola voz. Hubiera dado igual que gritara. Sus padres son sordos. Por eso, ella habla con las manos. También sobre la pista. Dicen los expertos que ahí está su fuerza: Carolina se hace entender.
Dos enfermedades casi erradicadas condenaron de niños a sus padres a un mundo de silencio. Ahora, habrían bastado unas vacunas. Una vida con sordina pero sin ningún impedimento. Ni siquiera para dedicarse a una profesión tan poco habitual como la de deportista de élite.
Tenía apenas cuatro años cuando Carolina Rodríguez vio en un televisor su futuro. «Allí estaba yo, fascinada... y todavía no se me ha pasado», recuerda.
A los 8 años, acompaña a su hermana Lola al Palacio de Deportes, a un ensayo de las cheers leaders del equipo de baloncesto de León. Y allí estaba Ruth Fernández, preparando la coreografía. Así fue como empezó todo.
Desde entonces, Ruth ha sido su entrenadora, su mentora, su amiga. Casi inseparables pese a las largas temporadas de la gimnasta en Madrid, recluida con la selección nacional en una residencia, sometida a una disciplina espartana, ordenada su vida desde primera hora de la mañana.
No lo ha tenido fácil Carolina. Acostumbrada desde niña a lidiar con la vida, ésta nunca se lo ha puesto fácil. Tenía 17 años y le faltaban diez días para ir al Mundial de Budapest cuando se empeñó en llamar insistentemente al teléfono de su hermano. Iba camino de Madrid para participar en una competición de BMX. No llegó. Ella fue la encargada de comunicárselo a sus padres. Nunca tanta dulzura en sus manos para una noticia tan terrible. Pensó en dejarlo todo, en quedarse en casa, junto a su familia, en abandonar. Pero 24 horas antes de la competición, se presentó en la concentración para asombro de sus preparadores. Se ganó un puesto para los Juegos de Atenas.
Después, volvió a la dureza de la residencia madrileña y la tiranía de la selección. Un mediodía, acabó sentada frente a una mesa de despacho donde la despacharon con un «gracias» y adiós.
«Ni lloré», recuerda. Pensó en abandonar, en dejarlo, en retirarse. Y regresó a León. Ruth salió de nuevo a su camino. Convenció a Carolina de que se presentara a algunas competiciones y volvió a encontrar su lugar en la selección nacional.
«Ahora, las condiciones las pongo yo. No me iré jamás de León. No volveré nunca más a Madrid. Me quedo en casa. Y no pienso dejar la gimnasia. Quiero estar en Londres. Y pienso ir».
Lo dice con su sonrisa, con las manos, con el corazón. Sin una sola voz. Como aprendió de pequeña en casa.