Diario de León

QUÉ FUE DE... Essie B. Hollis | EX JUGADOR DE BALONCESTO LEÓN

El helicóptero que cautivó a León

Estrella del Elosúa en los 80, hoy en día es profesor de español en Estados Unidos. Sus vuelos sobre el canasta rival aún permanecen hoy en día en la retina de quienes pudieron disfru

León

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Essie no lo tuvo fácil para llegar a la cima del baloncesto. Y tampoco se lo pusieron. Nacido en el seno de una familia humilde el hecho de ser el mayor de nueve hermanos condicionó su etapa de adolescente. También su figura de joven enclenque y un tanto torpe. Nadie diría que iba para jugador de baloncesto. De hecho hasta su primer entrenador en el colegio le aconsejó que se dedicara a otros menesteres. Pero Hollis no escuchó. Quería llegar lejos y la fe que le llevó a salir de la pobreza e hizo poner todos sus esfuerzos en el baloncesto, su vida. Con 1,90 y apenas dos puntos de promedio por partido pocos apostaban por él en el Gridley Junior High. El propio Essie contaba hace unos años que hasta el técnico, a la hora de responder a posibles ojeadores siempre evitaba pronunciar su nombre. «Si quieres míralo, porque es alto, pero no vale, es un patoso». La ofensa lejos de arruinar la fe del que para muchos ha sido uno de los mejores americanos que ha pisado suelo español, le motivó aún más. Quería vengarse de aquellos que habían puesto en duda sus cualidades. Aquel verano, nada más acabar su noveno curso, Essie diseñó un plan: jugaría tanto al baloncesto y sería tan hábil que acallaría la boca de todos los que se habían mofado de él. Día tras día, desde las ocho de la mañana hasta casi la madrugada, con balones, pelotas de tenis y hasta barriles con los que ganaba fuerza. Todo era poco para él. Y el esfuerzo encontró su resultado. En el siguiente curso, ya en el high school, jugó con el equipo de primer año del instituto. El tal Hollis, al que nadie conocía, promediaba 38 puntos. Su venganza se había consumado y empezaba el asalto a una carrera mítica que le llevó a ser una de las grandes leyendas de nuestro baloncesto. Había nacido «El Helicóptero».

Y la suerte le llevó a dar el salto a Europa antes de probar en la NBA. Corría el año 1977 y Hollis contaba con 22 años. Tras ganar el Torneo NIT con la Universidad de St. Bonaventure fue escogido con el número 44 en el draft por los New Orleans Jazz, que lo cortaron en el rookie camp. En estas que andaba el Askatuak buscando un segundo americano. Y el elegido fue Hollis. Empezaba la leyenda del Helicóptero (también le apodaron Superbeltza y Bee) en la liga española. Esa temporada le valió para que los Pistons se fijaran en él. Pero su entrenador, un tal Dick Vitale echaba por tierra sus ilusiones. Daba lo mismo, el talento de Essie no tenía límites. Después de brillar en la CBA y regresar fugazmente a Detroit, volvía a dar el salto al Viejo Continente. Primero a Italia y luego a España. Aún pasarían unas temporadas para que, ya con 31 años, decidiera escuchar la oferta del por entonces Elosúa. Josecho Pardo fue su valedor. Y no se equivocó porque en el club leonés protagonizó jornadas épicas, encuentros para el recuerdo y gestas tales como anotar en un encuentro nada menos que 49 puntos. Y con 32 años. Con Kazanowski como compañero inseparable conformando la dupla de extranjeros, Herreras y Chente entre otros se convirtió en uno de los pilares de un proyecto que en Primera B (lo que hoy en día es LEB-Oro) ya apuntaba a metas mayores, las que en la década de los 90 supondrían para León transitar en la ACB. Toño Garrido y Pepe Clavijo, sus entrenadores, tuvieron la suerte de poder dirigir a una superestrella, un Helicóptero de carne y hueso. Pero Essie era mucho más que un excelente jugador. Nadie que le haya tratado recuerda una mala palabra o desprecio. Todo lo contrario. Entre las anécdotas destaca una que engrandece su humanidad. Un día, el delegado del equipo, tras un entrenamiento, se olvidó la ropa sucia. Hollis, ni corto ni perezoso, se la llevó a casa y la lavó. Eso, a pesar de ser una estrella. Entre sus pasiones también destaca la de conductor. Con el carnet de camiones en su bolsillo, más de una vez intentó hacerse con el volante del autocar que trasladaba al equipo a los partidos. Fueron sus últimos años como profesional. Mallorca y Hospitalet aún disfrutaron un par de años de su clase. La de un campeón en el baloncesto y la vida que dejó huella en León.

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