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Javier Fernández Zardón
León

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Larga recta, corto adelantamiento. Como el pasillo de casa para equipos y pilotos, los 4,6 kilómetros de Montmeló son el escenario habitual de las pruebas de invierno. Así que, los 307,104 kilómetros a los que se pacta este domingo el Gran Premio de España, acabarán por c onvertir la combinación de curvas lentas, medias y altas en el escenario perfecto para una (¿enconada?) lucha... en teoría, porque en la práctica las de Montmeló han sido las carreras más aburridas de los últimos años: trenecito desde el semaforazo de salida al banderazo de llegada.

También es verdad que este año, con las nuevas reglamentaciones, el panorama podría cambiar. El previsible calor del que se disfrutará en la pista catalana muy bien podría poner en apuros a Pirellli (las pruebas de pretemporada se realizaron en un febrero más fresquín ), eso por no hablar del especialmente abrasivo asfalto, aunque ese aspecto sí que será idéntico. Además, aún a pesar de su larga-larga recta y la chicane inaugurada en 2007 para facilitar «la maniobra», los adelantamientos no son precisamente moneda corriente en Montmeló: difícil lo de pasar allí. Para los amantes de las estadísticas -que luego nunca se cumplen-, apuntar que desde que el G.P. de España se trasladase de Jerez a Montmeló (1991) la regla de oro es que la pole en parrilla viene a suponer el 80% de las posibilidades de victoria (bueno... tampoco nada nuevo bajo el sol) porcentaje que ha llegado al ciento por ciento en esta última década. Habrá que estar muy atentos a las clasificatorias del sábado. Ya saben... a la búsqueda de la vuelta perfecta, con el Kers y el alerón móvil como inseparables compañeros de viaje.

Sólo Nigel Mansell (Williams), en aquel primer año de la era Montmeló, rompió la norma: ganó saliendo segundo; después, ya les digo, todos a tren : cuatro victorias consecutivas para Schumacher -cuando Schumi «era» Schumi-, dos para Raikonen; eso, por no hablar del propio Fernando Alonso, que tiene en el catalán uno de los trazados fetiche, Massa, Button y Webber cruzaban triunfantes bajo la ajedrezada tras haber firmado la pole veinticuatro horas antes.

Hablando de Fernando. Hay que reconocerle al neñu -¿por qué no?- su capacidad de renovarse a sí mismo; inasequible al desaliento, Alonso no sólo no se rinde -¿por qué va a hacerlo?-, lucha a brazo partido con un Cavalllino que no atraviesa precisamente por sus mejores momentos. «Pisar cajón» en Turquía le ha servido al asturiano, y a la Scuderia, para limar asperezas -si las hubiere- en el seno de una de las formaciones más emblemáticas del Grand Prix y para demostrar, una vez más, que su fichaje no es baldío. Luego... lo de siempre desde aquel casi ya lejano marzo australiano: tan rápido en carrera, Il Cavallino , como lento en clasificación; eso, y unas arrancadas manifiestamente mejorables. Al menos, lo que no es poco, Felipe (Massa) ha cambiado la bulla por el pilotaje y, lo mejor, por concienciarse -¿cuánto le durará?- de su papel de gregario -de lujo, eso también- al servicio del «bien común» de Maranello. A lo mejor es que se ha dado cuenta que, a la próxima, le bailan el cockpit (asiento... por entendernos).

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Por lo demás, tampoco hay que ser un visionario para colegir que pueden volver a pintar oros para el RB7 de Red Bull; una acertada evolución del RB6, sin aspavientos tecnológicos en la, se diría perfecta, asunción de las tecnologías de esta temporada. Y eso que el dichoso Kers les sigue sin funcionar... ¡qué más da!, se supone que pensarán en el equipo de Christian Horner, con un Vettel en el papel de campeonísimo, al amparo de la confianza, y con un Webber -ese sí- asimilando perfectamente su papel de «segundo» en labores de equipo al que -¿recuerdan?- a punto estuvo Fernando de mojarle la oreja en Istanbul Park. Y otra cosa, Hamilton sigue estando «ahí», atento a cualquier circunstancia que le permita dar la sorpresa... al mínimo descuido de Wettel. En fin, que siete días antes de Mónaco, a las catorce... en Montmeló.