DEPORTISTAS LEONESES POR EL MUNDO | Diego Llorente Llamazares. jugador leonés que milita en el sidney university
«Aún sueño con volver al Ademar»
Diego Llorente compagina el balonmano con los estudios y la gestión de un local. Creció como jugador en el patio de los Maristas, llegó al filial del Ademar y con sólo 15 años ya participaba en algún entrenamiento del primer equipo, dirigido por Manolo Cadenas. Ahora destaca en el Sidney University, campeón de Oceanía

Diego Llorente lanza a portería durante un encuentro con el Sidney University HC.
Salió de España en busca de un futuro profesional que en el balonmano le fue esquivo. Diego Llorente dejó su tierra y recorrió más de 17.000 kilómetros de distancia cuando apenas tenía 21 años. Aterrizó en Sidney, después de formarse como deportista en el patio de colegio Marista, fichar por el filial del Ademar, llegar a la selección e, incluso, entrenar con el primer equipo, que por aquél entonces comandaba Manolo Cadenas.
Dos años y medio después, tras digerir la «dosis de decepción» que asumió por no triunfar en el club leonés, sigue ligado al balonmano. Juega en el Sidney University HC, «vigente campeón de la Oceanía Champions League», título que le sirvió para disputar las dos últimas ediciones de la Superglobe junto a equipos como el Barcelona, el Kiel o el Montpellier. Allí coincidió con Juanín García, Viran Morros y Dani Sarmiento, a los que conocía de su etapa en el conjunto leonés. A los 15 años ya participaba en algún entrenamiento del primer equipo.
Reconoce que la Liga australiana está en las antípodas de la española. «Si nos comparas con las mejores plantillas de Europa, obviamente, somos más pequeños, más lentos y más torpes, pero respecto a Asia, América o África sólo estamos peor en la falta de inversión, porque hay buenos jugadores, gente rápida, ex internacionales en latinoamérica o ex de primeras ligas europeas», apunta. Lleva muy mal «lo poco competitivos» que son cuando salen de Oceanía.
Quizá, una de las claves esté en las diferencias palmarias que desprende la planificación, consecuencia de esa falta de recursos —no son profesionales—. Sólo entrenan dos días a la semana. «Y el sábado, partido», explica. Llorente echa de menos las sesiones diarias que completaba cuando luchaba por un hueco en la primera plantilla del Ademar. Era su gran pasión y dedicaba todas las horas posibles al deporte, incluso hasta llegar a obsesionarse, como ha reconocido en alguna entrevista anterior.
«Desde pequeño entrené con el Hermano Tomás todos los días, luego en el Ademar, donde doblaba con juveniles, filial y primer equipo y, ahora, sólo lunes y jueves. Cuesta un poco adaptarse, aunque esa planificación me permite hacer otras cosas», subraya.
Compagina la preparación deportiva con un master en «Professional Accounting». Ha conseguido posicionarse entre los mejores de la promoción y espera «continuar así hasta mayo para poder aspirar a un puesto de trabajo en una compañía en condiciones», aclara. Los estudios ocupan la mayor parte de su tiempo, además del trabajo. Comenzó como repartidor de propaganda y hace un mes firmó un contrato «para gestionar un bar coctelería muy conocido en la bahía de Sidney», celebra.
Asegura que la «vida» le va «genial», más allá de las distancias que le separan de su familia y amigos, su «único problema». Le gustaría volver a León, disfrutar del balonmano en su tierra, aunque sabe que es una posibilidad remota. «¿Qué me queda por hacer?, pues volver a casa y convencer a Dani Godo. Con mis 23 años tengo todo por dar», ironiza. «Todavía soy muy joven y me gusta tener alguna esperanza de que algún día puedo volver», declara.
Cuenta que no hay un sólo día que pase sin acordarse del club marista. «Me encanta cuando leo sobre mis buenos amigos Albertín —Molina—, Richi, Mariete —López— o Mellado, entre otros. Me pica la envidia sana porque jugué muchos años con más de la mitad de la plantilla de ahora, pero bueno», declara Llorente, que no renuncia a un deporte que abrazó con «pasión» desde muy temprano.
Actualmente es un referente en el Sidney University pero, como jugador competitivo que es, anhela el ‘cuerpo a cuerpo’ con los mejores, de los que aprendió desde muy pequeño.