LUCHA LEONESA. UNA MONJA EN LOS ALUCHes
Adiós a una luchadora de ‘Cuna’
La lucha leonesa pierde a Mari Carmen Rodríguez Escanciano, una de sus calladas pioneras en un deporte que vivió hasta el último corro con pasión paralela a su entrega a los pequeños .

Hasta Dios, algunas veces también, tiene a los buenos de su lado. Mari Carmen junto al luchador Rodrigo.
«Hasta Dios, algunas veces, se pone del lado de los buenos». Ese era el pie de foto de la que acompaña estas líneas, publicada por Diario de León el 27 de junio de 2010. Acompañaba entonces la crónica del corro de lucha con el que, en la Fiesta de la Trashumancia de Prioro, comenzaban su liga los de la base y juveniles. Entre éstos, el que luce el cinto al frente, Rodrigo Fuentes, quien en ese momento ya alcanzaba notoriedad que el tiempo ha confirmado.
Tras él, dos monjinas; la más próxima a Rodri es Mari Carmen, Sor María del Carmen... Rodríguez Escanciano, que fallecía el lunes en Madrid y que ayer recibía su última despedida. «Hasta que se fue al convento, a Italia, ya con veinte años cumplidos, no se perdía los corros, los vivía con pasión... Y en la noche de vecinos, a la puerta de casa, todo era lucha». Lo recuerda uno de los del barrio, ‘Berto’, quien añade que «fue a la primera chica que me agarre luchando, de pequeñajos en Ondivilla, ¡Y cómo lo hacía! ¡Mejor que nosotros!»
En más de una ocasión ha recordado el ‘Che’ de Prioro que «una prima monja fue la que más lucha me enseñó», y lo confirma otro de los de casa, que recuerda que Mari Carmen tiraba a la mayoría de los chavales, a Francisco, y a Agustín, y al otro Agustín, su hermano...
Dos venas de puro luche, la de Taranilla de Agustín Rodríguez, y la de la Cuna, de la madre, Imelda Escanciano, hija a su vez de la leyenda, del Tío Crescencio. Imelda, quien con dos sangres en el corro, a la pregunta de por cuál de ellas se inclinaba, no dudaba «¡por mi hermano, que el otro, de momento, todavía no es nada!».
En este año, felizmente, hubo una mirada hacia la lucha femenina que sigue peleando por su derecho. Ocultas o, lo que es peor, silenciadas, ellas luchaban. A comienzos de los ochenta, cuando no se hacía noticia de ello, Mari Carmen ganaba corro de chicas que se hacía, porque gustaba, porque esa tierra es Lucha, en la del padre, en Taranilla. «Hacer el bien, bien hecho» fue el cinto al que después se agarró la luchadora. Entregada a los pequeños más necesitados, discapacitados (dicen) hasta ellos, «los más agradecidos del mundo» (decía ella), en las Casas Familia, llegó también el aire y el alma del corro.
En el de Nuestra Señora estaba Mari Carmen en la grada. Hacía poco que había salido del hospital y le comentó a los quintos que a lo mejor era el último. Lo vivió con la misma pasión de siempre y disfrutó, de manera especial, al poder ver a las chicas, allí, en la Cuna, luchar a la par, con ellos.