Diario de León

EL VIAJE DE FLECHA

Estar solo en Guatemala, la mejor compañía

Casi seis meses de aventura. El leonés David Flecha sigue con su caminar por el continente americano descubriendo parajes, sensaciones y llevando su viaje solidario a multitud de destinos

Paisaje de Guatemala.

Paisaje de Guatemala.

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DAVID FLECHA | GUATEMALA

Tengo que confesarlo, soy fan de Arjona; y después de haber cruzado Guatemala escuchando su música como banda sonora, aún más. Si estás leyendo esto y eres de los que lo odia, te pido que por favor me des una oportunidad para leer la siguiente crónica; si eres de los que le gusta, entonces tienes que leer lo siguiente. Conste que sé de antemano que muchos de mis amigos se me echarán encima, volverán a decirme que mis gustos musicales son pésimos, que mi criterio está por el suelo o que no volverán a subirse a mi coche si es lo que va a sonar en la radio… pero también sé, como no podría ser de otro modo, que hay quienes me entenderán, viajarán conmigo recorriendo Guatemala en forma de canción, y se trasladarán a cada lugar sabiendo que el guatemalteco y sus canciones se merecían un hueco en mi crónica y el país.

Hace unos días me despedí de Utila, la isla Hondureña que es el mejor escenario para descubrir el fondo submarino, me dejó una huella imborrable cuando volví a pisar tierra firme, recorriendo de nuevo carreteras hacia el norte y cruzando fronteras de un país a otro como si de un mojado se tratara.

Tras dejar atrás la isla, mi próximo destino sería Copán Ruinas, un pequeño municipio cerca de la frontera entre Honduras y Guatemala, donde a día de hoy están las ruinas mejor conservadas de la civilización maya en todo el mundo.

Para llegar a Copán, uno aún tiene por delante un largo recorrido de casi 7 horas, por carreteras llenas de curvas y baches, donde uno se consuela cuando el conductor del vehículo te dice, —si esto te desespera…vas a ver cuando llegues a Guatemala—. La verdad, soy un poco kamikaze, y ese tipo de situaciones me sacan la mejor de mis actitudes, creo que con el tiempo se convirtió en un mecanismo de defensa, tener la mejor actitud o sencillamente reírme de algunas situaciones, incluso de mí mismo, cuando las cosas no son del todo favorables; que en un viaje como este me ha ocurrido demasiado a menudo.

Una vez llegas a Copán, tras esa kilometrada, el pueblo te da la bienvenida de una forma muy particular…el lugar, que es muy acogedor, no tiene demasiados habitantes, y los que hay visten casi todos con vaqueros, camisa de cuadros y sombrero cowboy, incluso los niños, lo que hace del lugar un entorno de película. Mucha de la gente del pueblo trabaja en el ganado y cultivando frijoles, y se desplazan en camionetas en cuya parte de atrás casi siempre cargan la mercancía, ya sea maíz, frijol o incluso granos de café para llevar a tostar, que, a la medida de su calidad, hay muchas plantaciones alrededor de la zona y tiene muy buena fama.

Las ruinas quedan apenas a dos kilómetros del centro y las recorres en poco tiempo, rodeando las pirámides y las sepulturas, donde aún desentierran cuerpos de las tumbas y encuentran de manera común algún tesoro; —les solían enterrar bajo sus casas—, me comentaba uno de los arqueólogos, —este cadáver llevaba una vasija entre los brazos y en los dientes encontramos incrustadas piedras de jade, que conseguían aquí al lado, en el río—. Paseando por todo ese museo natural entiendes porque dicen que es el mayor libro de historia escrito en piedra. Decenas de estelas en relieve decoran la plaza alrededor de un altar que se levanta en el centro, y recrean la historia de una civilización de la que aún me sorprende su avance con los pocos instrumentos que utilizaban; su observatorio astronómico se conserva en muy buen estado; e incluso se diferencian muy bien los campos donde practicaban el juego de pelota. —A los perdedores los sacrificaban, el juego era más un ritual religioso; los decapitaban en público y ofrecían la cabeza a los dioses en forma de ofrenda—, me contaba uno de los guías. Cuando escuchas todas esas historias reconozco que de alguna manera hago el esfuerzo de trasladarme a través del tiempo y visualizar como sería todo aquello; al igual que me ocurrió cuando visité Machu Pichu meses atrás.

Tras haber estado en las ruinas y haber pasado un día en el pueblo, conversando con algunos habitantes y dejándome recomendar por qué visitar en Guatemala, crucé la frontera con más ganas que miedo, metido en un furgón cuya capacidad debía ser para unas doce personas…¡pero allí dentro éramos como 20!, eso sin contar las gallinas que llevaba en una caja de cartón la señora de las cuatro décadas que se sentó a mi derecha, y los dos chihuahuas que un crío subió en una cesta de paja… surrealista para un europeo, lo admito, pero que demonios, en los años 60 seguro éramos igual; me recordaba a esas imágenes de las películas de Paco Martínez Soria, pero al otro lado del charco.

Tras cruzar la frontera hacia Guatemala, sin tener muy claro qué ver o por dónde cruzar hacia México, escribí en un papel todo aquello que me llamaba la atención del país, desde Atitlán, un lago rodeado por volcanes; Panahachel, otro de los lagos, Río Dulce, con un cañón increíble, o Guatemala Capital entre otras.

-Pufff, demasiada paliza ir hacia desde aquí hacia el oeste, en dirección a la capital y volver de nuevo a esta parte para subir hacia México… no sirve de nada—; fue lo primero que pensé; así que me decanté por dos lugares que a priori no me fascinaban tanto como por ejemplo haber conocido el Atitlán, pero que una vez habiéndolos visitado, no me harían arrepentirme de mi decisión; —sigo hacia el norte— me dije convencido. Desde la frontera hasta Semuc Champey, mi primer destino en Guatemala, tardaría casi 24 horas en llegar.

Primero a Chiquimula, en un trayecto de unas dos horas; después hasta Sarita, otras tres, y de ahí hasta Cobán en la últimas seis horas del día, cruzando eso sí mil baches y desniveles tal como me dijo el conductor que me llevó a Copán Ruinas.

Una vez en Cobán me tocó hacer noche. Me alojé en una hostel demasiado barato para los precios de alrededor, y es que la cama era lo más parecido a unas tablas sobre las que se extendían unas sábanas, el cuarto no tenía ni enchufes ni respiración; pero para bien o para mal decidí quedarme allí, total…solo pretendía pasar la noche, y lo que me ahorraba en la habitación lo podría utilizar para comprar algo de cena.

Al día siguiente madrugué con las espalda igual que el mármol y las ganas de llegar hasta Semuc Champey. Las últimas tres horas de carretera hasta llegar merecen la pena por el maravilloso paisaje que puedes divisar hasta llegar; el país tan verde como salvaje, no te deja indiferente, y continuamente estás mirando con ojos de niño las enormes montañas que rodean la carretera y parece como si no tuvieran fin. Llegar a Semuc Champey es fácil, al fin y al cabo…lo difícil es querer irse de allí.

Cuando llegué, estuve como tres días alojado en un eco-hostel increíble en mitad de la nada, aproveché un día entero para visitar el parque.

La zona, que es realmente mágica, destaca por las lagunas de agua verde cristalina que se crean tras el paso del río Cahabón; el agua se cuela bajo las piedras que lo filtran, creando un cauce totalmente puro y cristalino en mitad de toda esa selva tropical.

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