OPINIÓN Ordoño Llamas Gil
R.I.P. cangrejo rojo

Hubo un tiempo en que todos los habitantes de esta provincia y de otras adyacentes tuvieron la facultad de decidir cuándo sus facultades gustativas necesitaban sentir el placer de saborear un arroz con cangrejos de río o un guiso con los mismos crustáceos, acompañándolos con cualquiera de los ingredientes que les fueran afines, además de un buen caldo de la tierra. No era necesario más que acercarse al reguero, río o cauce mas cercano, remangarse un poco los pantalones, quitarse el reloj (el que lo tenía) y empezar a meter la mano entre las raíces de la ribera. Uno tras otro iban saliendo sin interrupción hasta completar la cantidad de docenas necesarias para el ágape (ni una más), que solían ser pocas, y regresar con ellos para preparar el condumio. No era necesario poseer licencia de pesca puesto que, aunque estaba prohibido, no se solía llamar la atención por tal cuestión, si bien sí se necesitaba para pescar con retel y sin limitación alguna. Luego vinieron estas respecto al número de reteles, tamaño de los cangrejos y cantidad de docenas, comenzando después la comercialización, vendiéndose cada vez mas caros. Se trataba, claro está, del cangrejo autóctono (potamobius o astacus), que lo poblaba todo, llegando a los ríos de montaña. En esas estábamos cuando se extendió el rumor, confirmado después, de que padecían una epidemia que los estaba exterminando. Luego se supo que el portador (o importador) de este virus o bacteria era el entonces recientemente importado cangrejo rojo americano (también llamado «de las marismas»), que ofició de verdugo de nuestros indígenas, hasta el extremo de haberlos exterminado casi por completo. En todos los ríos, afluentes, presas y regueros abiertos, donde el agua circulaba normalmente sin interrupción o casi, desapareció como por ensalmo y sólo quedaron algunos reducidísimos lugares donde el agua quedaba aislada y por tanto los cangrejos de las zonas bajas no tuvieron contacto con estos reductos. Comenzó entonces un período de colonización de la nueva especie en nuestra comarca que, como había ocurrido ya con el lucio, se le demonizó achacándole sobre todo su gran proliferación y un efecto negativo sobre las cosechas de las orillas, pues salían del agua y se comían todo lo que encontraban a su alrededor, atascando incluso las acequias. Nada más lejos de la realidad. Donde tuvieron un asentamiento mayor fue en la zona baja de Zamora, que llegaron a colmar las aspiraciones de los pescadores pescándose en cantidades notables, por lo que ya se organizaban las salidas para la apertura de la veda y había quien dormía a la orilla para tener acotado su tramo. Como se autorizaban diez reteles por licencia, colocados a diez metros de distancia, se podían ocupar cien metros por persona. Pero la picaresca volvió a imponer sus razones y había familias en que sacaban licencia dos o tres personas, lo que equivalía a poder acotar 300 metros de orilla. Así, en algunos lugares que tenían sólamente una entrada, en el primer chopo del camino se clavaba un cartel que solía decir: «Está completo», o «No queda sitio». Se produjo una especie de fiebre por la avaricia de ver quién pescaba mas, y se daba el caso de que llevaban sacos de cangrejos que, probablemente, eran consumidos o regalados en una tercera parte y el resto tirados a la basura. Se oyeron rumores de lo mas peregrino. Por ejemplo: que se iba a prohibir el transporte de estos cangrejos vivos, para evitar las nuevas colonizaciones en ríos mas altos o en lagunas, donde eran repoblados por cualquier aficionado, pero... ¿quién, que tuviera conocimientos sobre el consumo de este crustáceo, iba a ser tan suicida como para ir matándolos durante todo un día de calor o bien conservarlos vivos y luego matarlos al final de la jornada, si no quería suicidarse con una intoxicación al comerlos? ¿Se imaginan también lo macabro e insalubre que resultaría acercarte a la orilla y encontrarte con cien o doscientas docenas de cabezas pudriéndose al sol, a las que se les habría arrancado previamente la cola? Además, ¿quién controlaría los vendidos en hipermercados para el consumo familiar? Daba mucha pena sólo el hecho de pensar en tamaño despropósito. Transcurrieron varios años en que pudimos divertirnos con estos nuevos inquilinos, que fueron habitando nuevos cauces, subiendo por el Cea y el Esla y otros ríos y lagunas de su cuenca, pero con menor explosión demográfica que en Zamora. El río Cea, en su zona baja, fue uno de los preferidos, debido a la constitución de su cauce y orillas, que le hacían ideal para la cría y mantenimiento de esta especie. En poco tiempo (de una temporada para otra) comenzó su declive, de tal forma que, en amplias comarcas de Zamora donde habíamos pescado muchos, al año siguiente se veían desprovistos de ellos casi en su totalidad. Resultó muy extraña tan radical disminución o desaparición, pero algunos pensamos que aquel año la sequía había influído en ello. Dejamos de pescar en Zamora y nos dirigimos hacia el Cea y Esla, donde parecían haber proliferado, y pescamos bien un par de años, hasta que, en la temporada actual observamos que el Cea ya no tiene cangrejos (¿extraño, no?) y hemos tenido que replegarnos hacia el Esla, donde se han concentrado todos los aficionados y ya no se consigue pescar mas de dos o tres docenas. Hay quien dice pescar bien en la comarca de Palencia. Y también hay quien ha pescado furtivamente en algunas lagunas o arroyos de la zona declarada truchera, pero lo cierto es que ya no se pescan cangrejos legalmente mas que como muestra, y en algunos sitios ¡nada!. Verdaderamente incomprensible ¿no?, que los mostruosos crustáceos a los que podríamos achacar la pérdida de nuestras cosechas aledañas a los ríos desaparezcan como por ensalmo, sin un motivo aparente que lo justifique. ¿Qué virus, bacteria, veneno, pesca eléctrica o depredador puede ser el causante de este trance? ¿Acaso se lo debemos a la inefable repoblación de percas sol que con un acierto indiscutible ha llevado Icona (¿si no, quién?) y que se ven en algunos de los lugares mencionados? Dicen que se comen las huevas de todo y ¿por qué no los huevos de quienes han tenido la genial idea de introducirlas en nuestras aguas? Y... ¿por qué nos ordenan ahora destruírlas si las pescamos? No cabe ahora otra contestación que la de que la ignorancia es muy atrevida, y este atrevimiento luego se paga caro, pero no por los causantes del desastre, sino por los infinitamente pacientes pescadores, que con su pasividad aguantan hasta el extremo de venderles las licencias y los permisos para una pesca que se ha hecho desaparecer con anterioridad. De momento, no nos queda más remedio que rezarle unos responsos al pobre cangrejo rojo, víctima propiciatoria del año (R.I.P.).