Diario de León

OPINIÓN Miguel Ángel Nepomuceno

Adiós amigo Ricardo Calvo

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León

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No resulta fácil tener que escribir de alguien que se ha ido y mucho menos si esa persona es un amigo entrañable como lo fue el doctor Ricardo Calvo. Su lucha contra el destino fue larga y en algunos momentos penosa, pero su entereza y coraje lo mantuvieron aferrado a la vida igual que cuando lo hacía ante el tablero. Desde su juventud allá en Alcoy su pasión fue el ajedrez y se hizo médico porque además de gustarle la profesión le abría las puertas del alma humana y le permitía penetrar en los entresijos de la mente para así entender mejor al hombre. Su carrera como médico y como ajedrecista fue fulgurante y pronto atrajo hacia sí las miradas de la prensa especializada internacional cuando se proclamó campeón de España Juvenil, pero sobre todo cuando en la Olimpiada de la Habana, siendo un joven e inexperto maestro en ciernes, destrozó al terrible Víctor Korchnoi en tan pocas jugadas que apenas si le dieron tiempo a sentarse al formidable maestro ruso. Luego fue una carrera de éxitos impresionantes en los que alternaba su profesión de médico con su afición al juego eterno. Comenzó a escribir a traducir a estudiar y a investigar la historia del ajedrez hasta casi agotarla y con Lucena dio una lección al mundo de la erudición que aún los especialistas no han olvidado. Profundo conocedor de la España medieval no dejaba lugar ni país que no visitara cuando se enteraba que allí había historia que descubrir. Amigo y compañero de todos los ajedrecistas siempre estaba disponible cuando en los torneos o Campeonatos de España nos sacudía la fiebre de las derrotas y la depresión combinada con los resfriados hacía mella en nuestros lacerados cuerpos de ascetas del tablero. Cuando esto ocurría, que solía ser a menudo, allí estaba Ricardo con esa sonrisa burlona mirándote detrás de aquellos enormes lentes y quitándote los miedos con los mejores consejos para enfrentarte al rival de turno. En León lo tuvimos como huésped en varios Magistrales y los que no le conocían supieron de su erudición, de su bonhomía y de sabiduría para analizar las posiciones más complicadas y explicarlas a los lectores de las revistas o diseccionarlas en una breve charla o en los brillantes comentarios que todos pudimos saborear en este periódico. Tuve el privilegio de disfrutar de su amistad durante más de cuarenta años y en todo ese tiempo Ricardo fue siempre el amigo y el maestro con el que se podía contar y con el que se podía compartir cualquier idea porque como gran humanista que era todo le atraía. Amigo Ricardo ya no volverás a estar entre nosotros en este Magistral que tanto amaste ni a dibujar esas maravillosas simetrías sobre el tablero porque ayer las parcas se te llevaron hacia la laguna Estigia donde el azar desdichado convierte la memoria en un enemigo más terrible que el olvido o la vida. Donde tus amigos que te precedieron te esperarán para ocupar el paso de la nada, volcando la clepsidra y moviendo un peón hacia las nubes. Ahora, Ricardo, ya no hay dudas ni ansiedades de dudar de las propias dudas, ni nada que me impida llegar a la bebida que me ofreces. Me dejas así en trance de agonía, pues después vuelves a ser ausencia y sólo tu recuerdo perdura amigo.

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