Diario de León

Santa Lucia, burlada

Contaminación, furtivismo, envenenamientos masivos y puntuales, calentamientos, epidemias, graveras, vertidos y muros de contención hacen del Bernesga un desastre

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Ordoño Llamas Gil - león
León

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Las orillas del río Bernesga saben cuanto hay que saber sobre contaminación (polvo de carbón, detritus orgánicos de ganado, colectores de desagüe de núcleos humanos directos, vertidos de grasas por industrias), furtivismo de todos los tipos (garrafas, redes, cuerdas o banderillas, chapuzo, nasas, torgas, dinamita y, ¿cómo no?, pesca eléctrica), envenenamientos masivos y puntuales (sueros de leche, lejía, ácidos, morga, polvos de gas), vertidos de basuras (plásticos, electrodomésticos, ruedas, sanitarios viejos, papeles), epidemias, virus importados, calentamiento de aguas, graveras, muchas graveras deformando su lecho y, como remate, muros de contención que no han sido concebidos como presas para riego, sino como retenes que disimulen los defectos estivales de sequía y putrefacción del agua, sirviendo de ornamento aparente al paso por ciudades como León que, de no ser así, no podrían observar desde sus puentes más que un cauce de cascajo reseco y maloliente. No es que yo esté en contra de estos retenes ornamentales, sino de su concepción como adornos sin tener en cuenta las necesidades de circulación de seres vivos que pudieran intercomunicarse a través de ellos por todo el cauce fluvial. La concepción perfecta sería con proyectos que integrasen escala obligatoria para peces, debidamente protegida de intervenciones furtivas. Lucha contra todo Pues bien, a pesar de todos estos desaguisados ambientales que se han venido sucediendo sin freno desde el comienzo de un mal llamado progreso, que sólo mira por el provecho económico individual, sin alcanzar algo más allá de la puerta de su casa, o de su trabajo, o de su estatus político, o de su influencia sobre los demás, o de su aparente relevancia sobre ruedas lujosas, o de sus ansias de posesión y dominación, este río ha seguido firme en su función creadora de vida y de mantenimiento de esa vida hasta casi los confines de este año 2003 de nuestra era. Era interesante poder observar cómo, mientras otros ríos acusaban el deterioro de su vida íntima por causas ajenas, a pesar de ser mayores y más importantes en caudal y curso, este seguía conservando una población de hermosas truchas en casi todo su recorrido, hasta cerca de la ciudad de León que, salvo intervenciones depredadoras puntuales, de origen claramente determinado, aunque de dudosa legalidad, seguía conservando en buen estado algunas zonas libres donde se encontraban numerosos ejemplares de buenos tamaños, acompañados por multitud de alevines, milagrosamente salvados del arrasamiento general sufrido por los demás ríos. Zonas mineras y adyacentes donde la presión pesquera legal (léase cañistas deportivos o menos) ha sido siempre intensa, viéndose incrementada en los últimos años por una pléyade de mineros jubilados o prejubilados que encontraban en el río una distracción adecuada a su nuevo tiempo libre indefinido, y que de otra manera hubiera estado saturado de aburrimiento. Demostración palpable de que la presión pesquera no extermina a las truchas, sino que convive con ellas logrando un equilibrio en el que el espanto tiene su influencia, puesto que al ser muchos los espantatruchas, son pocas las que se dejan engañar por los cebos o señuelos presentados. Gordón, muy castigada Llevo varios años observando y comprobando todo lo antedicho en una de las zonas mineras más tralladas por las cañas y por todo lo demás, como es la comarca de Gordón, y en concreto la zona de Santa Lucía, donde se podía ver sin esfuerzo alguno, caminando por el paseo de Salinas, en el mismo pueblo y desde la barandilla del muro, cientos de truchas (300 como poco, más las que no se dejaban ver) en toda la tabla que discurre aledaña al paseo, que exhibían su bella estampa por la rasera o se situaban en las orillas esperando la llegada de algún cebo que transportasen sus aguas, dando un coletazo para alanzar con la boca abierta su objetivo, volviendo a su querencia para seguir esperando un nuevo bocado de fondo o de superficie. Los mejores días para observarlas eran lunes o jueves en época de desveda, el primero por estar prohibido pescar y el segundo por ser inmortales . En época de veda, todos los días, salvo crecidas. Pues bien, este año se cerró la veda y pude ver con satisfacción que se mantenía el núcleo de población como en años anteriores, a pesar de ser zona libre y muy tentada por los pescadores de caña. Parecía como si algún tabú misterioso impidiese a los depredadores dedicarse de lleno a exterminarlas, o a aplicarlas los cables para descontarlas. Pasaron los días y algunos meses y en octubre, con ocasión de algunos festejos, me personé de nuevo en Santa Lucía, y mi primera visita fue para saludar desde el muro del paseo a las pintonas de esta tabla, tan respetables que habían sido respetadas desde siempre. Inicio mi andadura hacia arriba y fijo la vista en la rasera de agua cristalina, a pesar de la contaminación, y observo que no se ve ninguna trucha de talla. Incrédulo, continúo avanzando y miro con atención las orillas y los fondos de la tabla, de donde se espantan algunos alevines huyendo hacia lo profundo. Sigo, continúo, avanzo, subo, y paso a paso voy recorriendo todo el trayecto que hay hasta el cabecero de la tabla, y soy incapaz de tener ante mis ojos ni un solo ejemplar de trucha de cuarto, medio o un kilo, de todos aquellos cientos que la habitaban y que se movían confiados entre sus aguas. Sólamente algunas decenas de alevines y pocas de talla escasa se movían asustadas al ver mi silueta asomada al muro. ¿Qué había podido ocurrir en tan corto espacio de tiempo y en veda? Indagué entre algunos conocidos del pueblo y saqué en conclusión que parece ser que hubo alguna cuadrilla de pescadores eléctricos que se habían dedicado a contarlas, y desde enconces debieron de quedar tan aterrorizadas que se habían escondido en los lugares mas recónditos y no se las podía ver ya. Por eso sólo se veían alevines, que son más atrevidos. Habrá que esperar entonces a que vayan adquiriendo de nuevo confianza y salgan de sus escondites o, si las hubieran descontado, que después de haberlas fichado y fotografiado tengan a bien devolverlas a su hábitat natural, de donde no debieran de haber salido nunca sin el permiso de la junta vecinal, de los habitantes y de los pescadores del lugar, únicos valedores y conservadores del ambiente fluvial de la localidad. Pero parece ser que alguien, autorizado o no, se ha burlado de vosotros sacándolas delante de vuestras narices impunemente, sin que nadie le saliese al paso. Tabla y truchas del paseo de Salinas... ¡Adiós!

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