Diario de León

Las cumbres lloran por Pantani

La Policía italiana excluye el suicidio como causa del fallecimiento del gran astro italiano, junto a cuyo cadáver se encontraron docenas de cajas de ansiolíticos y antidepresivos

El cadáver de Pantani es conducido al tanatorio de Rímini

El cadáver de Pantani es conducido al tanatorio de Rímini

Publicado por
Iñigo Domínguez - rímini
León

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Si hay un lugar deprimente en Italia es Rímini, una ciudad-monstruo surgida a lo largo de una playa del Adriático que es invadida en verano por millones de personas. Plagada de discotecas y parcelas de arena temáticas, con dinosaurios o naves espaciales, en invierno es aún más terrible, con miles de adolescentes que juguetean con alcohol y pastillas. Si hay un día desaconsejable para estar allí ése es el de San Valentín, sobre todo si coincide con la noche del sábado. Y Marco Pantani, campeón del Giro y del Tour, eligió un hotel allí para encerrarse durante días. Llegó el 9 de febrero, pero costaba reconocerlo. Pesaba 30 kilos más. «Si lo veías desde atrás no le conocías», ha comentado un vecino de Cesenatico, el pueblo cercano donde vivía. Pero Pantani dejó de ser el mismo aquel lejano 5 de junio de 1999 en Madonna di Campiglio, el día en que detectaron que su sangre era demasiado espesa. Altos índices de hematocrito. Esa noche rompió el cristal de su habitación de un puñetazo. Después del doping ese flamante icono deportivo, y nacional, se tornó un personaje, un pirata de discoteca. Se dice que andaba con gente rara, que se acostaba cuando un ciclista debería levantarse. Conducía cochazos. Tuvo accidentes. Tomaba cosas, drogas. No reapareció hasta febrero de 2000, en la Vuelta Valenciana, para retirarse enseguida. Escribió una carta pidiendo que le dejaran en paz. Confesó que atravesaba un momento difícil. Escribir en las malas rachas era un exorcismo para Marco Pantani. Su último descenso a los infiernos en Rímini lo redactó en el papel de cartas del hotel Le Rose. «Son reflexiones estrictamente personales», ha dicho el fiscal, Paolo Gengerelli, que desmiente cualquier tipo de frase de despedida. «Habla un poco del mundo del ciclismo». Los conocidos que frecuentan el quiosco de bocadillos de su madre en Cesenatico, 'Da Tonina', murmuran que había llegado a odiar la bici. «Me he asqueado de ese mundo», reveló en sus últimas declaraciones a finales de septiembre. Pero lo último que se ha leído durante meses en su página web, en forma de poema, es un deseo de superación: «Mi lenguaje es la bici... y quiero continuar escribiendo». También componía canciones; la música era otra de sus pasiones. Llegó a hacer una para el festival de San Remo, con el artista Marcello Pieri, que se quedó en un cajón. Espíritu frágil Pantani había salido varias veces de baches profundísimos. Romperse la dos piernas y llegar después a ser el gran campeón italiano del último cuarto de siglo no lo hace cualquiera. También resurgió tras la crisis de 1999, con fugaces destellos en el Giro y el Tour de 2000, pero volvió a desaparecer. Como este mes. «Necesitaba ayuda, lo sabíamos todos, yo tenía que haberlo encontrado aquí en Rímini; había venido para eso», relató este domingo una amiga con desolación. Marco se operó las orejas de soplillo, se fue a Cuba una temporada, de vuelta se apuntó a un gimnasio. El espíritu de Pantani era tan frágil como fuertes eran sus gemelos. Su inmediata sensación después de llegar a lo más alto fue la soledad total. Era parte de su carácter: «Cuando llego a la meta, siempre pienso en la orilla del mar». Necesitaba a los amigos pero los rehuía. El verano pasado llamó a dos compañeros para que le dieran unos productos vitamínicos, pero les indicó dónde dejarlos para no encontrarlos. Esos meses los pasó en una clínica de desintoxicación. El sábado encontraron en su habitación diez cajas de ansiolíticos de cuatro marcas distintas. Centrol, Surmantil y Flunox son tres de ellas, entre sedantes y antidepresivos. La autopsia dirá hoy lunes si su parada cardiaca se debió a que tomó demasiados o si los combinó mal. «Subo tan rápido para dejar de sufrir antes», respondió una vez sobre su derroche de fuerza en la escalada. Le vieron por última vez, cariacontecido, la noche del día 13. Bajaba a desayunar, pero comía en la habitación. Su última cena, el día anterior, fue una tortilla de jamón y queso. Cuando Oliver Laghi, en el Rímini Key, el bar de al lado, recibió una llamada con el pedido, supo que iba a ser uno de los momentos más emocionantes de su vida. «Pero ví un hombre hundido, con la cara marcada. Fueron 30 segundos, fue un placer darle la mano». Eran las nueve de la noche. Al día siguiente Pantani apenas refunfuñó al golpear la puerta la empleada de la limpieza. Telefoneó al portero a las once. El médico dice que murió a las cinco. Sólo vestía unos vaqueros. Algunos cientos de personas aplaudieron su cadáver cuando lo sacaron del hotel. La canción de San Remo que nunca llegó a cantar nadie decía: «Habrá una bicicleta en el patio de casa... Mi vida no es una carrera... Mi vida es quizás vencer la prisa». «Había sufrido una presión excesiva, y estas son las consecuencias» MARIO CIPOLLINI Campeón del mundo

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