Dignidad de pescador
Ojalá pudieran volver los tiempos en los que cualquier río de la provincia era adecuad o para celebrar un campeonato, a nivel europeo o mundial, sin necesidad de inyecciones

Un pescador disfrutando de una apacible jornada de pesca en las proximidades de Puente Villarente
Probablemente acertaría mejor hablando de humillación del pescador cuando me refiero al estado a que se nos está relegando, de desprecio por nuestra auto-estima, que corre pareja con la desilusión que nos produce el estado de nuestro ambiente fluvial, malo donde los haya. En este ambiente depauperado te ves y te deseas para obrar con un resto de dignidad, conservando aún aquellas sensaciones de placer que procedían de tu sensata actitud ante los ríos, del orgullo de haber ido aprendiendo paso a paso todos los procederes necesarios para terminar acumulando una experiencia que desembocaría en maestría, lo que te demostraba a ti mismo de lo que eras capaz y que tu aprendizaje no había sido en balde, sirviéndote también para enseñar a tus sucesores o amigos algunos de los caminos que se han de seguir para practicar el deporte de la pesca, respetando todas las normas (aunque fueran arbitrarias o caprichosas) y practicándolo siempre dentro de los cánones establecidos. Todo ello te producía un cierto orgullo sano, sin presunciones, pero que satisfacía tu ego. A eso le llamo yo la dignidad del pescador, sin necesidad de subterfugios que enmascaren los resultados de tus actuaciones, públicas o privadas, encarándote con la naturaleza primigenia de las truchas fario con pedigree, que son las únicas que pueden adjudicarte algún título. No es en absoluto mi intención la de dudar de la dignidad de los pescadores actuales, de los que me consta que hay un porcentaje elevado que la mantienen intacta, pero sí de que las circunstancias por las que pasamos, consecuencia de polvos anteriores y actuales, no son las mas idóneas para mantener vivo este sentimiento a toda costa, y que a algunos parece no importarles demasiado, adaptándose con facilidad al patrón de que el fin justifica los medios. Con tal de sacar algunas truchas, o de picarlas solamente como ocurre con las inmortales, no importa que sean de una u otra procedencia, aunque esta sea el pienso. Tampoco importa que la vez que por casualidad das con el nido recién repoblado y te pican unas cuantas, te creas nominado para el óscar, sin apercibirte de que el resto de las veces has llegado al final a cero y que lo ocurrido ese día no ha sido nada mas que la suerte de que te ha tocado la rueda de la fortuna, y que no se te volverá a presentar en bastante tiempo. Prescindiendo de que lo primero que hay que dignificar es la purificación de las aguas y de las mentes, se podría mantener una ilusión un poco digna si todos los tramos estuvieran repoblados con la misma asiduidad, distribuyendo las truchas de una forma lógica que imitase a la natural, sin llenar unos tramos y dejar vacíos otros, quedando por tanto uniformemente repartidas y sólamente con las diferencias querenciales que ellas prefirieran, se adaptarían a cada lugar, acomodándose a su escondite, defensa o cebadero apropiados. La regularidad en los sistemas de repoblación tendría que ser tan exacta que resultaría infalible. En este caso, totalmente utópico, tendría algún sentido el conseguir mas o menos ejemplares, pues todos dispondrían de las mismas posibilidades, y la diferencia dentro del mismo lugar y con el mismo cebo marcaría el mérito, siendo subjetivo su aprecio. Como quiera que las circunstancias son tan extremadamente opuestas al reparto equitativo y a la distribución social de estos bienes, ahora llamados deportivos, nos encontramos con que dentro del mapa fluvial de la provincia existen varios enclaves adonde son destinadas las partidas mas importantes de ejemplares para repoblar, bien sea para truchas mortales o inmortales, como ocurre con los acotados intensivos o con los destinados a escenarios deportivo sociales (campeonatos, concursos o semanas internacionales), así como a ciertos acotados privilegiados, mientras el resto de los kilómetros presumiblemente trucheros rezan desesperadamente implorando a todos los cielos: «que me quede como estoy», pues sería aún peor que se acordasen de sacarlas con los cables para contarlas. Y claro, si hablamos de campeonatos tendremos que hacer una diferenciación al catalogar sus resultados. Primero la procedencia de sus habitantes, que serán silvestres (fario autóctonas) o alimentadas con pienso (piscifactorías), y en este último caso que la distribución sobre los tramos de río sea equitativa al máximo, y no en varios puntos concretos. ¿Qué es lo que tiene que ver la dignidad con las cuestiones expuestas? ¡Mucho! Nadie puede dudar de que si se pescase en lugares como los antedichos, los trofeos deberían de ser de tres categorías diferentes, a saber: 1º.- Campeonato en zonas pobladas por truchas fario autóctonas: trofeo muy digno. 2º.- Campeonato en zonas repobladas con granja, bien distribuídas: trofeo digno. 3º.- Campeonato en zonas repobladas con granja, mal distribuídas: trofeo semi- digno. Claro está que para distinguirlos sería mas presentable que al lado de las alegorías correspondientes figurasen unas estrellitas, como en los hoteles: tres, dos, una, o numerados como de 1ª, 2ª o 3ª, o alguna otra señal que los catalogase. Así, cuando se consiguiese alguno de ellos, el pescador, para su fuero interno, sabría a qué atenerse en cuanto a dignidad se refiere, y comprendería que no es lo mismo conseguir pescar veinte truchas en un acotado mal distribuído que en uno equilibrado a conciencia, o que en uno donde nunca se haya repoblado artificialmente. Como tampoco es lo mismo pescar en lo libre, en un coto normal o en un coto mimado. Sólamente volviendo la vista atrás se puede comprender la diferencia entre unos campeonatos y otros, cuando las fario reinaban por doquier, y los participantes podían utilizar incluso los cebos naturales, y todas las truchas eran mortales. Entonces sólo había que temer que la escasez de vigilancia diese lugar a algunos fraudes de todos conocidos, como truchas escondidas o cedidas para conseguir el trofeo. Pero, salvo estos raros inconvenientes de picaresca, los trofeos podían considerarse de una categoría excepcional, siempre salvando las distancias de años, lugar y procedimientos. ¡Quién pudiera regresar a los tiempos en los que cualquier río de nuestra provincia era adecuado para celebrar un campeonato a nivel europeo o mundial, sin necesidad de inyecciones!