CICLISMO
El equipo de persecución se lleva el bronce y Escobar marca un hito
Después de Arantxa y Herminio Menéndez, no se habían logrado dos metales en una Olimpiada

Castaño, Escobar, Maeztu y Torrent, de izquierda a derecha en la imagen, se alzaron con el bronce
España tiene cuatro teclas. Una sinfonía de cuatro minutos. Hay que pulsarlas por orden. Primero, el fuerte, el explosivo: Escobar. Luego, la nota que marca la intensidad: Torrent. Y después dos sonidos sostenidos: Maeztu y Castaño. Menos de 15 segundos por tecla, por hoja de la partitura, por vuelta al velódromo. Ése es el método. Falta la tarima: de madera de afzelia, africana, densa, dura, ideal para la industria naviera y para la velocidad. Es la piel de la pista griega, un cristal vegetal sobre el que despegan los ciclistas. Luego se coge todo, las teclas del método y la epidermis del velódromo, y se pone a hervir bajo el calor que se pega a la cúpula diseñada por Santiago Calatrava. En 4 minutos, 5 segundos y 523 centésimas, el alambique gotea bronce. El metal del ciclismo español. Su melodía en la pista. La segunda, el segundo bronce del ciclismo pobre, del que se ha reivindicado en Atenas. Los alemanes (Bartko, Flust, Lademann y Lampater) despliegan hasta el último de sus resuellos. Saben que España les ganó las dos primeras series y dan las primeras vueltas al ritmo de sus enemigos. Mejor incluso. En el primer kilómetro la duda dura un segundo, el que favorece a los germanos. La carrera parece declinar hacia ellos. Miente. Escobar, un ciclista asomado a su rueda delantera, que besa con la perilla su tubular de algodón, nivela la pugna mediada la carrera. Las dos selecciones viajan en la misma milésima. Al unísono. Alemania lucha por no empeorar; España, por mejorar. Pura lumbre en la grada, emocionada. El seleccionador, Más, situado en una curva, echa una mirada instintiva al cronómetro y aguijonea a sus solistas. Ahora. A Alemania se le parten las tibias. A partir del tercer kilómetro el aplauso ya sólo cosquillea la piel de los españoles: de Escobar, el doble medallista, el ciclista casual -compró una bici porque no le daba para una moto- que se metió por primera vez en el velódromo de Lérida con 23 años. La ciudad catalana tiene pista, como San Sebastián de los Reyes, el coto de Carlos Castaño. También San Sebastián, la cuna de Asier Maeztu, dispone de un anillo. Sólo Torrent, de Olot, tiene que desplazarse 160 kilómetros hasta las instalaciones de Horta, en Barcelona. A España le salen especialistas en pista allí donde las hay. Y hay muy pocos y pocas. Reminiscencias del pasado Pero buenos. Y con memoria. En el día de bronce, contando aún los latidos del esfuerzo y la emoción, Torrent hizo recuento de su pasado y lanzó la medalla al cielo, al padre que le falta. Y Maeztu, el gigante, le dedicó una lágrima a Braulio, al abuelo que ya no está. Fue el día del ciclismo en pista, de tantas biografías dedicadas a un deporte invisible, encerrado, marginal, pobre en todo y pero ciertamente rico en bronce.