Herencia envenenada
Administrar no es sólo dictar normas contra el sector más débil y hacer la vista gorda ante los verdaderos desmanes ecológicos, que han sido y son los culpables de esta desolación

de la riqueza de los ríos
La herencia que recibimos de nuestros padres debería condicionarnos ante lo que llamamos genéricamente naturaleza, y que abarca todos los órdenes de la vida en cuanto a biodiversidad se refiere. Refiriéndonos a nuestra particular parcela de la misma, relativa a todos los ecosistemas fluviales y lacustres de la cuenca del Duero, y más concretamente a los nuestros del Esla y del Sil, sólo podríamos achacarles su desorganización casi completa, que dio lugar a un sistema anárquico de conservación que no resultó demasiado perjudicial para el mantenimiento de la vida, si bien los pequeños desastres ecológicos, voluntarios o no, pero generalmente locales, venían a poner un contrapunto negativo al sistema, aunque nunca resultaban exterminadores de ninguna especie. Eran tiempos en los que la economía no tenía gran influencia sobre las truchas, peces, ranas, cangrejos y demás habitantes del medio, y sólo se pescaban para satisfacer un instinto y para consumir privadamente con ocasión de festejos, aniversarios, etcétera, pero nunca para convertirlas en dinero. En cuanto a los pequeños desastres podrían ser de contaminaciones locales, como la del polvo de carbón, o los envenenamientos por industrias y la polución por detritus orgánicos originada en las ciudades o grandes pueblos sin depuradoras o fosas de decantación. Los productos químicos aún no se utilizaban masivamente. Sólo la lejía, la morga, los polvos de gas y la dinamita eran usados puntualmente en algunos pozos, que se regeneraban con la primera crecida. Los guardianes de la riqueza piscícola eran los civiles, y para pescar con caña sólo era necesario disponer de una licencia de pesca que te daba derecho a todo, ya que no había limitaciones de cupos, tallas, cebos, etcétera. Sólo cuando se delimitaron las zonas trucheras comenzó a vedarse esta especie para permitirle su procreación tranquila, cobrando un suplemento por pescar truchas. Con los rudimentarios controles mencionados se conseguía mantener una población de seres acuáticos que hacían vivir a la propia agua, con sus exuberantes ebulliciones y migraciones. Se daban incluso los casos puntuales de que en la puesta en marcha de cada nuevo pantano, todas sus aguas servían de criadero para nuevas generaciones de truchas, al igual que en los ríos que ellos alimentaban (recuérdense los casos de Luna, retén de Selgas y Órbigo; de Vegamián y Porma; de la sucesión de pantanos del Sil con el mismo río, etcétera), con los que se aumentó mucho la población de truchas en la provincia, llegando al cénit de su proliferación, siendo un referente europeo de ejemplaridad regenerante y conservadora. Esta era la herencia recibida de nuestros padres por nuestras generaciones, desde los años cuarenta hasta casi los sesenta, y todos pensábamos que era imposible agotar una mina que se comportaba aumentando sus bienes dándole palos, y del equivocado enfoque administrativo que ya empezaba a prodigarse. Pero había llegado el momento de los desplazamientos fáciles, lo que dio lugar a un vertiginoso incremento de aficionados a la pesca de la trucha, traduciéndose en decenas de miles las licencias que se expendían, por lo que hubo que proceder al aprovechamiento de bienes tan generosos regulando todos sus movimientos, acotando todo lo acotable, prohibiendo todo para la pesca con caña, hasta el extremo de tener que confeccionar cada año un libreto de normas indigerible para estómagos delicados, con tantas elucubraciones prohibitivas que habrás de estudiarlo para no infringir algún artículo, apartado o anexo, vulnerando alguna de sus miles de normas, limitaciones, excepciones, dominios, artificios, tamaños, cupos, horas, vedados y acotados sin cuento, zonas húmedas catalogadas (lagunas y mas lagunas prohibidas), fechas y más fechas, «mosqueando, siempre mosqueando» a todos los demás cebos, que leído por persona ajena le puede inducir a creer que los cañistas son los causantes del estado desolador de la vida en nuestros ríos y otras aguas.