España se viste por fin de oro
La selección vapulea a Croacia con un contundente 40-34 en un partido realmente asombroso, con once goles de Juanín Pastor: «Lo único que tengo claro es que ahora vuelvo a Valladolid» <

España logró, en hora y media de juego magnífico, la primera medalla de oro del balonmano español. Y además, otros dos hitos históricos: doblegar a Croacia, campeona de la edición anterior y de los Juegos de Atenas, tras siete derrotas consecutivas desde 2001; y protagonizar una de las victorias más claras que se recuerdan en una final. La selección de Juan Carlos Pastor vapuleó a su bestia negra. Los planteamientos tácticos y psicológicos de Pastor, que ya habían servido para que su club, el Valladolid, lograse éxitos mucho mayores que su presupuesto, se estudiarán desde ahora al detalle en los foros internacionales. El balonmano, junto al fútbol, era de los pocos deportes que no se habían impregnado en España de esa mentalidad ganadora que siempre ha definido a los deportistas de la extinta Yugoslavia, como los croatas del balonmano. Pero estos han sucumbido ante un rival que se olvidó de bestias negras, mala suerte y otras zarandajas para creerse desde el minuto uno que iba a ser campeón del mundo. He ahí la clave principal, por encima de cualquier consideración táctica. Ciertamente, los croatas estaban mucho más cansados que los españoles, como se vio cuando el marcador ya indicaba un elocuente 14-8 en el minuto 20. Pero eso también tiene que ver con Pastor y su constante rotación de hombres en este Mundial, exprimiendo la alta calidad media de sus 16 hombres. Aparte de hechos que están a caballo entre la anécdota y la esencia -todos los jugadores croatas, excepto Métlicic y algún otro, fuman con frecuencia-, ocurre que las grandes estrellas de Croacia no tienen recambios de su altura. De ahí que Bálic, su director de juego, diera muestras de agotamiento desde el inicio: había jugado los 60 minutos, en defensa y ataque, de los dos partidos anteriores para paliar la ausencia por lesión de Métlicic, reaparecido en la semifinal. Ese cansancio explica en parte lo que parecía imposible: Pastor logró controlar al mismo tiempo al peligroso pivote Vori y a los no menos temibles lanzadores croatas. Y para completar el cuadro del 21-13 con el que se llegó al descanso hay que mirar a la portería, donde se produjo una relativa sorpresa: no la ocupó Barrufet, esencial en las cinco medallas anteriores de España en Europeos y Juegos Olímpicos, y magnífico el sábado en la semifinal ante Túnez, sino Hombrados, quien ya había deleitado con su actuación ante Noruega. Y se fue al descanso con ocho grandes paradas, sin contar otras, y tras sacar de quicio a los ex yugoslavos, hasta el punto de que su seleccionador, Lino Cervar, empezó su clásico numerito de protestas a los árbitros. Huelga decir que el ataque español era fluido, con Entrerríos quitándose por fin la etiqueta de jugador que se arruga en los grandes compromisos, Garralda como si fuera juvenil a sus 35 años, Juanín ejecutando cuanto balón le llegaba como un verdugo, y el central Chema Rodríguez conectando con precisión con el pivote Uríos. En realidad, el partido ya había terminado. Era prudente acordarse de que, en la primera fase, España había desperdiciado seis goles de ventaja con Croacia, en lo que ha sido su única derrota en Túnez. Pero la situación era antitética: los croatas estaban fundidos, mientras los españoles iban como motos, convencidos de que esta vez ni siquiera una catástrofe podría evitar su triunfo. El resto del duelo obligó a frotarse los ojos para no creer que estábamos ante una exhibición similar a las de los Globetrotters del baloncesto. No, era la final del Campeonato del Mundo de balonmano, aunque por momentos pareciese una pachanga tan desequilibrada como los España-Australia. Los de Pastor llegaron a ganar por trece, algo impensable en la final de un Mundial. Ahí sí que demostraron que son humanos y aflojaron algo el pistón, porque aquello ya no era una partido, sino una fiesta. Y la hinchada gritaba en la grada: «¡Que bote Urdangarín!».