La España más grande se baña en oro tras una exhibición de poderío
La selección cubre la ausencia de Gasol con una defensa asfixiante que ridiculizó a Grecia «Pepu» Hernández: «El mérito de esto es de toda la plantilla»

Desde el 3 de septiembre de 2006, los dioses del Olimpo del baloncesto tienen nombre español. Es el de los doce integrantes de la selección nacional, que ayer pasaron por encima del conjunto griego para conseguir una gesta nunca antes lograda: son campeones del mundo. Sus nombres, bañados en oro, quedarán en la memoria colectiva durante generaciones. En particular, el de Pau Gasol, acaso el mejor baloncestista español de todos los tiempos y el jugador más valioso del mundial clausurado ayer en la localidad japonesa de Saitama. Fue la España más grande jamás vista. Tanto, que se proclamó campeona del mundo sin necesitar a Pau Gasol. Es la estrella, pero no sólo eso: todos sus compañeros le dedicaron la medalla más importante de sus vidas, lo que dice mucho del de Sant Boi de Llobregat. Es insustituible, así que la selección no lo hizo, sino que enjugó su ausencia con la mejor exhibición defensiva jamás vista en el baloncesto de alto nivel, que puso a Grecia -vigente campeona del Europa, el equipo que hizo arrodillarse a EEUU- al borde del ridículo. El encuentro superó con creces cualquier expectativa depositada en la final de un campeonato del mundo. Fue impresionante por lo espectacular, y sorprendente por la forma en que España borró de la cancha a Grecia, a la que propinó una descomunal paliza para todos inesperada. Frente a las dudas iniciales -los helenos forman un equipo fantástico, la baja de Gasol puede ser determinante-, el técnico español puso en la cancha un equipo que funcionó como una máquina precisa, perfecta. Sin Gasol, sus compañeros salieron a jugar sin presión, pero con los niveles de motivación por las nubes. Las otras estrellas como Jorge Garbajosa o Juan Carlos Navarro asumieron su responsabilidad y llevaron al equipo en volandas: 20 puntos cada uno, 14 rebotes entre los dos. Felipe Reyes, sin rodaje, cumplió con sus 3 rebotes y 10 puntos. Carlos Jiménez hizo el partido de su vida, y compensó su escaso aporte ofensivo (4 puntos) con 11 rebotes, todos defensivos, una de las claves del partido. Jiménez y Garbajosa son también culpables de que los pívots griegos quedaran anulados, empequeñecidos ante los españoles, espoleados sin desmayo desde el banquillo por Pau Gasol. Su hermano Marc también se doctoró, y fue uno de los responsables de que el arma secreta de los griegos, esa mole llamada Sofoklis Schortsianitis que desquició a los estadounidenses, acabase con 2 puntos y sin cazar un solo rebote. Superioridad escandalosa Las estadísticas personales permiten atisbar, pero no explican lo que ocurrió en la cancha. Los españoles no fueron un conjunto de buenos jugadores, fueron un equipo que se dio un festín de juego a costa de aplastar al rival. Y eso, en baloncesto, se llama defensa. Del trabajo defensivo de los rojos baste un dato: los griegos acabaron la primera parte con sólo 23 puntos en el marcador. Fue el monumental sacrificio de todo el equipo atrás el que dejó sin argumentos a Grecia. Reyes, sustituto de Pau Gasol, se emparejó con un Lazaros Papadopoulos que no existió. El pívot cordobés, flanqueado siempre por Navarro, consiguió en cada ofensiva abrir una brecha que pronto fue importante (10-18). A Grecia le gusta el ritmo lento, pero tuvo que adaptarse -sin éxito- al patrón español: defensa brutal y velocidad de vértigo en el ataque. Fue magistral, y sin necesidad de que Calderón jugase más de 15 minutos. Un tirón en su tendón rotuliano no le permitió sentarse para no quedarse frío, por lo que presenció de pie la fantástica respuesta de los habituales del banquillo. El final del primer cuarto invitó al optimismo y los españoles se fueron al vestuario con la medalla de oro ya en el bolsillo. Algo tenía que cambiar en la segunda parte. España mantuvo el ritmo y el esfuerzo a pesar de que en el tercer cuarto los griegos tuvieron unos minutos de lucidez, aunque no por méritos propios. Dada la ventaja adquirida, la selección roja se precipitó sin motivo y lanzó demasiados triples sin sentido. Pudo haber sido la oportunidad de Grecia, pero bajo el aro español una brigada acorazada hacía imposible cualquier intento. Cada robo de balón, cada asistencia, cada canasta, suponía una rápida carrera al banquillo para abrazar a Pau Gasol. A su lado, a Carlos Jiménez le superaron los nervios y lloró como un crío.